En Occidente se habla con frecuencia del aparente dominio de China en energía verde: el país produce cantidades masivas de paneles solares, turbinas eólicas, vehículos eléctricos y baterías que inundan los mercados mundiales. Es cierto que Pekín ha logrado una hazaña impresionante que debería hacer que Occidente se apresure a revisar su política energética. Pero la imagen de China como superpotencia renovable es, en gran medida, propaganda. En realidad, el país ha incrementado drásticamente su consumo energético en todos los frentes —impulsando su manufactura “verde” con más carbón— y se ha enriquecido en el proceso.
Las cifras principales de energía verde pueden resultar engañosas. China aportó el 39 % de los 2 billones de dólares que el mundo invirtió en energía verde el año pasado. Estados Unidos, Europa y Japón juntos invirtieron menos. Pero el gasto bruto no refleja la calidad de la inversión. El núcleo de la industria china de energía solar depende de materiales cuya producción emite enormes cantidades de gases de efecto invernadero. La fabricación de paneles solares y baterías sigue dependiendo en buena medida de la electricidad generada por plantas de carbón. Así, el supuesto milagro verde chino se parece más a una nueva versión de su viejo auge de centrales térmicas.
El patrón recuerda al boom y posterior desplome del sector inmobiliario chino: durante años, el gobierno canalizó enormes cantidades de capital hacia la construcción hasta que la burbuja estalló alrededor de 2021. Desde entonces, el dinero chino ha fluido hacia paneles solares, lo que ha provocado sobreproducción y exceso de capacidad. La capacidad de producción anual de paneles solares en China es hoy más del doble de las ventas mundiales reales. La consultora Alix partners estima que, de las 129 marcas chinas actuales de vehículos eléctricos e híbridos solo unas 15 serán financieramente viables para 2030.











