Atacar, destruir los símbolos culturales, el patrimonio cultural de los pueblos, ha sido una constante en la historia, pues con dicha destrucción como arma de guerra se pretende borrar no solo el patrimonio, sino la memoria colectiva que une a los pueblos con su historia y su pasado, y así imponer el supremacismo aterrador y vergonzoso de un pueblo sobre otro.
Ejemplo de este desquiciado proceder hay muchos en la historia, tomemos los más relevantes: Julio Cesar en el año 48 a. C. quema la Biblioteca de Alejandría, episodio y pérdida aun lamentada por el mundo y de la cual Borges evocaba en su genio con la creación de una «biblioteca universal» o «Total» que en sus anaqueles en forma hexagonal expusiera al visitante todo el saber universal en todos los idiomas.
Otro caso curioso que vale la pena mencionar registrado por la historia es el que cuenta que Adolfo Hitler, que en su delirio de superioridad de la raza aria, ordenó destruir todos los símbolos del patrimonio cultural de París, Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, la catedral de Notre Dame, Los Inválidos, entre otros, pero que afortunadamente Dietrich von Choltitz, gobernador alemán en la capital francesa, por lo bestial de la orden no la cumplió.











