1 noviembre, 2010

Sin oposición política no hay democracia

Por: Imelda Daza Cotes En todo régimen democrático la existencia de una oposición legítima y organizada es un requisito indispensable para garantizar el buen desempeño del partido de gobierno y el respeto a los derechos ciudadanos. El consenso y el disenso son prácticas políticas propias de una democracia efectiva porque garantizan la convivencia, el debate, […]

Por: Imelda Daza Cotes
En todo régimen democrático la existencia de una oposición legítima y organizada es un requisito indispensable para garantizar el buen desempeño del partido de gobierno y el respeto a los derechos ciudadanos. El consenso y el disenso son prácticas políticas propias de una democracia efectiva porque garantizan la convivencia, el debate, la discusión y  finalmente el acuerdo en bien de todos. El recto accionar del partido gobernante es importante, pero igualmente lo es el derecho a cuestionar, a censurar a criticar, por parte de los partidos o grupos de oposición. No puede haber democracia legítima ni plena sin ojos vigilantes y sin voces críticas. La democracia política requiere de opositores, es una exigencia, una cuestión fundamental.
El papel de la oposición es variado y depende de las circunstancias de cada sociedad. Pero básicamente, su función es controlar el ejercicio del poder, cuestionar las políticas y las decisiones de gobierno, canalizar el descontento ciudadano y aportar soluciones constructivas para mejorar. Oponerse no quiere decir actuar contra la democracia sino dentro de ella para promoverla y fortalecerla, no para  distorsionarla. Desde luego, la oposición tiene derecho a presentarse como alternativa de gobierno, como otra posibilidad. Este ha sido el propósito del Polo Democrático Alternativo, PDA. Ha pretendido ser una opción de mejor gobierno, con ese fin surgió y consecuente con esa idea ha actuado. Pero el PDA más que un partido es todavía una coalición de  fuerzas políticas diversas que trabaja intensamente  por consolidarse como partido, tarea nada fácil  en Colombia donde la cultura política es una asignatura pendiente y donde la derecha, dueña del poder, siempre ha pretendido diseñar una izquierda a  la medida de sus intereses, es decir, una izquierda genuflexa, manipulable, conciliadora por principio, que no cuestione, que no exija y que se contente con las migajas del régimen, con  los puesticos burocráticos y las tajaditas presupuestales.  Cuando la izquierda no responde a ese esquema, y ese es el caso del Polo,  le llueven los ataques, el macartismo, los señalamientos, los trucos divisionistas.
La historia del país está llena de ejemplos que ilustran la incapacidad de la débil democracia colombiana para aceptar y respetar la oposición política. En la mente de la clase política  prevalece el unanimismo como fórmula política, es decir, la democracia recortada, disfrazada. Eso fue el Frente Nacional. Las disidencias dentro de los partidos tradicionales, Liberal y Conservador, han tenido una existencia fugaz, las han dejado actuar  para luego engullirlas sin disimulo.  Eso pasó con el MRL y con el Galanismo. Más adelante,  la oposición intentó organizarse mejor y legitimarse a través de la Unión Patriótica, un movimiento pluralista, diverso, que agrupó sectores minoritarios de derecha (conservadores y liberales) de izquierda moderada, socialistas, comunistas e insurgentes. Una mezcla difícil pero viable. Fue imposible consolidar esta fuerza. Los ataques contra este partido de oposición fueron fulminantes hasta provocar su desaparición.
Actualmente, la oposición política legal se viene manifestando a través del Polo como partido y de Piedad Córdoba como una corriente dentro del liberalismo, pero esa oposición legítima no logra consolidarse, no se lo permite el régimen.  A  Piedad, un Procurador de derecha le anuló su credencial de Senadora y la inhabilitó para ejercer. Que se calle y que abandone sus pretensiones de paz y de justicia social.  Al Polo no lo pueden deslegitimar tan fácil. Los ataques son de otro estilo. Según la Fiscalía General de la Nación, el DAS montó una campaña de desprestigio y división del PDA, en desarrollo de la cual buena parte de sus dirigentes fueron acusados de ser miembros o simpatizantes de la extrema izquierda. Cuando eso no cuajó, aprovecharon las pugnas internas del Polo para aupar en coro y con ecos la división que llevara a su destrucción. Es descarada la saña y la cizaña con la que algunos medios de comunicación impulsan y estimulan la lucha intestina en el Polo. Si es cierto que hay fallas en la administración de Bogotá, ¿por qué no esperar que sean los organismos de control los que señalen culpables y fijen sanciones? Y en caso de que miembros del Polo resultaran culpables, ¿por qué esto va a conducir a la disolución del partido, como pregonan algunos comentaristas? Si así fuera, todos los partidos políticos de Colombia tendrían que desaparecer porque en las cárceles hay representantes de todos ellos, señalados y/o condenados por delitos muchos más graves. Son esos mismos partidos los que quieren arrebatarle la Alcaldía de Bogotá al Polo.