En una palabra, la situación es infrahumana, no hay condiciones para una vida digna. Desde antes de llegar a la esquina diagonal a la Terminal de Transporte de Valledupar, donde sobreviven hacinados cerca de 300 migrantes venezolanos, el olor es fétido. No tienen donde hacer sus necesidades, ni un techo para protegerse de la lluvia.
Entre el monte, insectos, ropa colgada y cartones, corren los niños. Son la población más grande: casi el 70 % tienen menos de ocho años. “Cada mujer carga mínimo cuatro hijos”, aclara Antonio Solar, vecino de las madres yukpas que duermen bajo carpas de publicidad política.
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