Aunque es un fenómeno altamente complejo con múltiples causas y factores que interactúan entre sí. Sin evasivas ni vacilaciones, hoy cualquier ciudadano o ciudadana, con razonamiento en cabales condiciones, puede inferir que el
principal causante de la permanencia del conflicto armado en Colombia es la codicia, especialmente, la de los políticos, que han puesto a nuestro país en manos de las mafias de narcotraficantes y de otros grupos delictivos organizados.
Obviamente, que a todos los humanos adultos que poseen uso de razón les agrada la riqueza, porque ser rico es un privilegio que permite vivir dignamente, incluso con lujos y muchos con extravagancias. Además, con la riqueza es factible obtener poder social, con el cual, los ricos insensatos cometen abusos y otras injusticias sociales.
En consecuencia, lo pertinente a la humanidad, es el deber ser; mejor dicho, los humanos debemos, o deberíamos, ser cautelosos con las personas que brindan dádivas injustificables. Dado que así, es que a veces comienza el vínculo con las organizaciones delictivas. Lógicamente, los codiciosos son atrapados por las mafias, y los ambiciosos inescrupulosos alcanzan a ser miembros de las cúpulas de organizaciones delictivas.
Cuando se consolida el vínculo con tales mafias es muy difícil desligarse de ellas, por no decir imposible.
Las personas con principios y valores éticos íntegros, son insobornables, y también suelen ser precavidos, porque presumen las intenciones que conllevan los regalos injustificados, generalmente, propósitos inmorales. Y, por ende, a tiempo desisten del recibimiento de tales dádivas, con prudencia y amabilidad, lo que permite ganarse el respeto de quienes buscan colaboradores para cometer acciones ilícitas y también criminales.
Lo habitual es que los políticos y personajes, aparentemente probos, que son cómplices o miembros de mafias, lo niegan con vehemencia y hacen lo que sea para no ser desenmascarados.
Lo cierto es que, en las organizaciones delictivas, los miembros que flaquean (actuar con debilidad o deslealtad), a la postre son eliminados.
Por lo tanto, a los miembros de las organizaciones criminales, les toca aceptar la ejecución de todos los tipos de crímenes. No aceptarlos, reitero, es muestra de debilidad y deslealtad, que acarrean severas consecuencias.
Lo anterior, pareciera que en Colombia poco o nada importa, ya que la violencia criminal no cesa, y cada día es más fuerte. Y lo más grave es que no se ve luz al final del túnel. Dios nos ampare, es el único clamor que nos queda.
Por: José Romero Churio.







