En mi casa, desde cuando tuve uso de razón y aprendí a leer de 4 años de edad, como todos mis hermanos, a excepción de Rafael, el menor, que con escasos 3 añitos ya leía, oí hablar del Quijote y mi papá y mi mamá lo leían y nos lo comentaban como si fuera un cuento.
Mi papá ferviente admirador del Ingenioso Hidalgo, a quien imitaba, y mi mamá, fiel seguidora de Sancho, y se reían a carcajadas de las aventuras de ambos. Esa escena se repetía muchas veces y a mí solamente se me grabó que “en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”.
Así como mi inolvidable padrino Poncho Cotes se sabía de memoria casi las 100 primeras páginas de ‘Cien años de soledad’, mi papá recitaba ‘El Quijote’, que leyó, según decía él, más de 20 veces y pretendía -era la canción diaria: “José Manuel léete el Quijote”- que lo imitáramos; lo que consiguió con Doris, Tico y Dina y Doris lo repitió y se hizo una experta en la obra Cervantina; Rolando y yo, no pudimos, lo que valió que el señor Chema Aponte nos catalogara de ignorantes, pues no concebía que quien pretendía ser culto no hubiera leído la fascinante historia del Caballero de los Leones y Aldonza Lorenzo la princesa Dulcinea, “la señora de su cautivo corazón” o las ocurrencias de Sancho Panza su fiel escudero, de su señora Teresa y sus hijos Sanchico y Mary que hacían morir de la risa a doña Lucinda, mi inolvidable e inigualable mamá; de su caballo Rocinante comparado con el Bucéfalo de Alejandro Magno o el Babieca del Cid Campeador y agrego yo el Palomo de Bolívar y el 7 Leguas de Pancho Villa y el Rucio, el burro de Sancho que no lo comparaban con nadie, de Barcino y Butrón sus fieles perros y de tantas historias de un loco que en todas partes veía enemigos y recibió tremendas palizas, eso sí, siempre en procura de hacer el bien y servirle al prójimo.
Pues bien, después de 80 años de existencia, pues como dije antes a los 5, ya mi papá comenzó con la cantaleta que lo leyera, he leído El Quijote, no de un solo trancazo, sino en varias tandas y lo hice para complacer al señor Aponte, pues antes y en varias oportunidades lo comenzaba y no pasaba de la quemazón de los libros de caballería que de tanto leerlos le secaron el cerebro y lo convirtieron en el Ingenioso Hidalgo, el Caballero de la Triste Figura y por último en el Caballero de los Leones, cuyo nombre de pila era Alonso Quijano.
Ahora ya puedo decir que entré al Club de los Cervantinos, no de los cultos porque para eso me falta mucho, y puedo intervenir en cualquier charla o tertulia donde se dilucide sobre la inmortal obra del Manco de Lepanto, apodo con que se conocía al gran escritor Miguel de Cervantes Saavedra, claro está que no como mi hermana Doris, ni de fundas, ella es una verdadera autoridad Cervantina y si mi papá lo leyó más de 20 veces, ya le está pisando los talones; lástima que todo ese conocimiento, sabiduría y sapiencia de tan magna obra literaria y muchos libros voluminosos más, especialmente de historia antigua, se hayan quedado en el anonimato y enterrada en Villanueva, en donde jamás le han hecho un reconocimiento que los hacen todos los días y a cuanto aparecido se presente, por su labor docente por espacio de toda la vida en El Roque y donde Las Monjas y el arraigo a su tierra que con El Chijo, su esposo, nunca quisieron venirse a acompañarnos al Valle y prefirieron que sus restos al morir reposen en su tierra.
Para los que han leído El Quijote recuerden esta locura: “La razón de la sinrazón que a mí razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura” y para los que quieran leerlo, lean esto: “Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”.
Señor Aponte y doña Lucinda, están complacidos, leí El Quijote, y ahora lo voy a seguir leyendo y ojalá no se me seque el cerebro y me convierta en otro Ingenioso Hidalgo de la Mancha, que bastaste de él, en lo que a servicios se refiere, tengo bastante.
Por: José Manuel Aponte Martínez.







