“Escoge a algunos hombres y sal a pelear contra Amalec. Mañana yo estaré sobre la cumbre del monte con la vara de Dios en mi mano” (Éxodo 17,9)
Al comenzar un nuevo año, es común que preparemos listas de peticiones llenas de sueños, metas y anhelos. Sin embargo, al reflexionar sobre ellas, surge una pregunta esencial: ¿estamos pidiendo cosas que realmente corresponden a la intervención de Dios o aquellas que son nuestra responsabilidad? A menudo confundimos nuestras funciones y nuestras oraciones reflejan esta falta de claridad.
Hoy comparto una reflexión acerca de las peticiones que a veces elevamos al Señor solicitándole que haga cosas o quite cosas de nuestra vida que no es de su competencia ni su responsabilidad. Dios, a través de Su Espíritu Santo, nos promete guiar, proteger y fortalecer. También ilumina las áreas de nuestra vida que requieren acción o cambio. Sin embargo, una vez que Dios nos ha revelado Su voluntad, nos corresponde a nosotros actuar con obediencia y determinación. Hay cosas que él no hará por nosotros porque nos ha dado las herramientas para que las llevemos a cabo. ¿Cuántas veces esperamos que Dios quite de nuestra vida lo que él ya nos ha capacitado para resolver?
En ocasiones, confundimos la verdadera naturaleza de nuestra vida espiritual y nos encontramos pidiendo cosas que tenemos que hacer nosotros. O lo contrario, intentando hacer cosas que deberíamos estar pidiendo al Padre.
La cordial invitación de hoy es para que entendamos las dinámicas de la vida espiritual, de tal manera que nuestros esfuerzos estén dirigidos hacia aquellas cosas que realmente hemos sido llamados a hacer. Al tiempo que, nuestras oraciones estén dirigidas hacia aquellas cosas que realmente debemos pedir. Habrá cosas, situaciones y decisiones que debemos tomar, otras en las que no sabremos qué hacer. Es allí en donde debemos estar al tanto de nuestros límites y saber que donde terminan mis recursos, comienzan los de Dios. Y que, por supuesto, para él no hay nada imposible.
A veces oramos por cosas que solamente pueden venir por medio del trabajo, la disciplina y la dedicación y, en contraste, trabajamos por cosas que solamente pueden venir por medio de la oración. Moisés, el Patriarca, nos dejó un claro ejemplo cuando combatió contra los amalecitas: Él subió al monte a orar e interceder por la victoria, pero comisionó a Josué que dirigiera el combate en el campo de batalla. La victoria se dio por ambas cosas: la oración y la acción. Este equilibrio es esencial en la vida cristiana: debemos reconocer cuándo actuar y cuándo depender completamente de Dios. ¡Nuestro llamado es a trabajar y a orar!
Al revisar nuestras listas de peticiones, debemos preguntarnos: ¿cuáles de ellas requieren de mi esfuerzo y disciplina? ¿Cuáles solo pueden lograrse a través del poder y la intervención divina? Separar estas responsabilidades nos ayuda a no caer en la frustración de esperar que Dios haga lo que nos corresponde o de intentar hacer lo que solo él puede realizar. No se trata de esperar pasivamente ni de actuar impulsivamente. Se trata de orar como si todo dependiera de Dios y trabajar como si todo dependiera de nosotros. Esta verdad nos desafía a ser diligentes en nuestras responsabilidades mientras dependemos completamente de Él.
Reflexionemos: ¿estamos orando por lo que debemos trabajar o trabajando en lo que deberíamos orar? Que este año sea una oportunidad para alinear nuestras acciones y peticiones con la voluntad de Dios, permitiendo que su poder y nuestra obediencia trabajen juntos para su gloria. Deja que Dios sea Dios y haga su parte, mientras nosotros nos esforzamos por hacer la nuestra. Te mando un saludo cariñoso en Cristo…







