“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo” Voltaire.
Desde los más recientes comicios para elegir presidente de la República, Venezuela quedó partida en dos: los amigos del chavismo y sus opositores, y en esa lucha se debate. Ya son varios los muertos, centenares los heridos y apresados a la lata; la guerra es a muerte y el hambre cunde en medio de la riqueza; esta la reproducción de la fábula que cuenta el suplicio de Tántalo. Compartí la apertura geopolítica que Chávez hizo para América Latina para liberarse del monitoreo de los EE.UU que hacían del continente un juego de marionetas; buenas sus iniciativas altruistas de ayudar con el petróleo a los países parias del continente, quizás, pocos lo han hecho; me gustaron las misiones para fortalecer y atender a los sectores sociales.
Claro, estos resultados habrían sido mejores de no existir el carácter pendenciero y prepotente de su gestión. Pero Maduro no tiene ni la claridad conceptual ni el talante que aquél tenía ni la ascendencia internacional. Su precaria victoria lo dejó intranquilo e inseguro, sin capacidad para imponer su pensamiento mediante la lógica de las cosas y el diálogo franco.






