La campaña electoral ha terminado, los votos fueron contados, los resultados anunciados, amanecemos con un nuevo presidente electo y la democracia hizo su trabajo en una república en pleno siglo XXI. Sin embargo, una vez cerradas las urnas y contados los tarjetones queda abierta una pregunta que va mucho más allá de la política: ¿qué tan sana mentalmente está nuestra sociedad?
Durante las horas y días posteriores a los comicios hemos visto insultos en redes sociales, burlas contra quienes apoyaron al candidato contrario, descalificaciones personales e incluso episodios de agresiones verbales y físicas. Personas llamando “ignorantes”, “brutos”, “fanáticos” o “vendidos” a otros ciudadanos simplemente por pensar diferente. Familias enfrentadas, amistades deterioradas y conversaciones que terminan en ataques violentos en lugar de argumentos y debates sanos.
Muchos consideran que esto es parte normal de la política, algo muy debatible y dudoso. De hecho, estas conductas que se presentan al tocar temas de política, religión y sexualidad deberían preocuparnos porque constituyen auténticas banderas rojas sobre el estado de salud mental de una sociedad claramente en deterioro.






