La muerte de Miguel Uribe Turbay llegó como esas tormentas que sorprenden a mediodía: sin anuncio suficiente, con un trueno que rompe la rutina y obliga a mirar el cielo. Un hombre joven, senador, precandidato presidencial, de pronto ya no está; y lo que debería ser un instante de pausa y recogimiento se convierte, en Colombia, en un nuevo episodio de fuego cruzado verbal.
No es un fenómeno nuevo, pero duele constatarlo. Pareciera que en esta nación hemos perdido la capacidad de concederle a la muerte un territorio neutral. Ni siquiera el silencio, que alguna vez fue signo de respeto, logra imponerse. Apenas se conoce la noticia, las trincheras se reactivan: unos celebran, otros atacan, otros se defienden. El duelo se fragmenta, se contamina, y lo que pudo ser comunión se transforma en campo de batalla.
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Y sin embargo, en medio de ese ruido, hay quienes sentimos que algo más profundo se está perdiendo. Que la política, degradada a una disputa perpetua, ya no reconoce que antes de adversarios somos compatriotas; que por encima de las ideas y las banderas hay una condición común que debería ser sagrada: la de seres humanos que comparten un mismo suelo, un mismo tiempo, una misma historia.











