En los rincones de Valledupar resuena un silencio que, lejos de ser un remanso de paz, se convierte en un eco inquietante de indiferencia. Las calles, los parques y los mercados son testigos de una realidad que parece no encontrar voz: problemas que nos afectan a todos, pero que parecen desvanecerse en la pasividad de nuestra rutina diaria.
Es cierto que las problemáticas de nuestra ciudad son diversas y complejas. La inseguridad, el deterioro de la infraestructura, la falta de oportunidades para nuestros jóvenes y el acceso limitado a servicios básicos son solo algunos de los desafíos que enfrentamos. Sin embargo, lo que más preocupa no es la existencia de estos problemas, sino nuestra aparente resignación ante ellos. Esta resignación, disfrazada de costumbre, es un enemigo silencioso que erosiona nuestra capacidad de soñar con un futuro mejor.
¿Cómo hemos llegado a normalizar lo inaceptable? El silencio, ese cómplice invisible, se convierte en una forma de consentimiento. Cada vez que optamos por mirar hacia otro lado, por ignorar lo que ocurre a nuestro alrededor, estamos permitiendo que estas situaciones persistan. La indiferencia no es neutral; tiene un peso moral que recae sobre cada uno de nosotros. En cada esquina donde falta un servicio, en cada noche oscura sin seguridad, se siente el peso de nuestro mutismo colectivo.











