El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, Colombia volvió a sentir miedo. Un terremoto de magnitud 7,4 sacudió al país y dejó detrás muerte, destrucción y miles de familias tratando de entender cómo, en cuestión de segundos, puede cambiar la vida.
Pero en medio de las imágenes más dolorosas apareció otra Colombia. Una que también merece ser noticia. Porque bastaron pocas horas para que comenzaran a aparecer puntos de recolección, voluntarios, empresas haciendo donaciones y ciudadanos llegando con agua, mercados, medicamentos, cobijas y todo aquello que pudiera servir.
En el Cesar, por ejemplo, en apenas un día se recogieron más de 10 toneladas de ayudas humanitarias. Y ayer, cuando junto a algunos amigos fui a llevar unas donaciones, me dijeron que ya llevaban cerca de 50 toneladas. No lo menciono como una cifra oficial, sino como la dimensión de algo que se podía ver allí mismo: una corriente de solidaridad que no dejaba de crecer, con ciudadanos llegando una y otra vez a entregar lo que podían.









