El relato del Evangelio que se lee este domingo (Juan 6, 55. 60-69) concluye un largo discurso que Jesús ha dirigido a la multitud que le seguía. En este discurso el Señor, luego de haber multiplicado cinco panes y dos peces para dar de comer a una muchedumbre, insiste en la necesidad de “trabajar no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece y que da vida eterna”.
Acto seguido enseña Jesús cuál es ese alimento: “mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”, dice y también: “si no coméis la carne y no bebéis la sangre del Hijo del Hombre no tendréis vida en vosotros”.
Las reacciones de la gente no se hacen esperar: en medio del asombro por aquellas palabras tan extrañas algunos simplemente callan, como intentando comprender algo en apariencia ilógico: ¿comer su carne? ¿beber su sangre?. Otros, tal vez, comprendieron a lo que se refería el Maestro y permanecían absortos en la contemplación de tan elevadas palabras.






