En los últimos años se ha vuelto común referirse a las mascotas como parte de la familia. Se habla de “perrhijos” y “gatijos”, hay perros modelos e influencers, proliferan los negocios dedicados a su bienestar y no falta quien tome decisiones afectivas importantes según la reacción de su perro o su gato frente a una nueva persona. No es extraño, incluso, que procesos tan complejos como un divorcio estén atravesados por la pregunta: ¿quién se queda con la mascota?
Para generaciones anteriores, un perro o un gato cumplía una función clara: cuidar el rebaño, la casa o cazar ratones. Hoy, en cambio, ocupa un lugar afectivo central, lo que también explica el cambio en la forma de vivir su pérdida.
La muerte de un perro, un gato u otro animal doméstico deja un vacío real y profundo. En algunos países incluso se reconocen días de luto por la pérdida de una mascota, una señal de que este tipo de duelo empieza a ser comprendido y legitimado más allá del ámbito privado. El sufrimiento puede ser tan intenso que, entre quienes lo han vivido, aparece con frecuencia la misma frase: “no podría volver a pasar por ese dolor”.











