En los últimos años se ha vuelto común referirse a las mascotas como parte de la familia. Se habla de “perrhijos” y “gatijos”, hay perros modelos e influencers, proliferan los negocios dedicados a su bienestar y no falta quien tome decisiones afectivas importantes según la reacción de su perro o su gato frente a una nueva persona. No es extraño, incluso, que procesos tan complejos como un divorcio estén atravesados por la pregunta: ¿quién se queda con la mascota?
Para generaciones anteriores, un perro o un gato cumplía una función clara: cuidar el rebaño, la casa o cazar ratones. Hoy, en cambio, ocupa un lugar afectivo central, lo que también explica el cambio en la forma de vivir su pérdida.
La muerte de un perro, un gato u otro animal doméstico deja un vacío real y profundo. En algunos países incluso se reconocen días de luto por la pérdida de una mascota, una señal de que este tipo de duelo empieza a ser comprendido y legitimado más allá del ámbito privado. El sufrimiento puede ser tan intenso que, entre quienes lo han vivido, aparece con frecuencia la misma frase: “no podría volver a pasar por ese dolor”.
Es un sentimiento que comprendo muy bien y sin embargo no puedo evitar cuestionar. Decidir no volver a tener una mascota puede sentirse como una forma de protección, una manera de evitar un dolor que ya se conoce y que realmente no sabemos si podremos volver a soportar. Pero es también una renuncia. Nos cerramos a la posibilidad de volver a experimentar una felicidad simple y cotidiana.
Cuando murió Mila, una beagle que llegó a mí por casualidad, no cerré la puerta a otro amor perruno, pero quise darme al menos un año para sanar ese dolor y descansar de esos últimos meses de frecuentes visitas al veterinario. Sin embargo, 30 días después un perro negro, pelado y con sarna entraba por la puerta. En pocas semanas la sarna desapareció y el pelo creció fuerte y brillante. Abrirle la puerta a Barak, un cocker que resultó más noble que una lechuga, no fue solo una forma de sanar, sino también una elección con consecuencias más allá de mi propio duelo.
Durante la Feria del Libro 2026 asistí al conversatorio “Humanos y animales, otra forma de amar”, en el que Alonso Sánchez Baute habló de su libro La mirada de Humilda. Escucharlo a él y a Carlos Marín Calderín contar su relación con Humilda y Happy me recordó este texto, que escribí hace varios meses y nunca le mostré a nadie. Lo retomé después de esa conversación, en la que también se habló del desdén con que algunas personas reaccionan ante el duelo por una mascota y responden con un simple “compra otro”, como si años de convivencia y afecto pudieran reemplazarse tan fácilmente.
Para mí, volver a tener una mascota no es reemplazar a la que se fue sino reconocer que el amor no se acaba con la muerte. No se le consigue reemplazo, pero se descubren nuevas miradas, otras conductas, nuevas mañas, otros tonos de ladridos y maullidos. Aunque respeto la decisión de quien no desea volver a pasar por este tipo de duelo, creo que el miedo no debería pesar más que la posibilidad de ofrecer cuidado y compañía. Es una decisión valiente; Aún sabiendo que dolerá, elegimos abrir de nuevo la puerta y el corazón para acoger a otro ser que sabrá recompensarnos con lealtad y cariño. Amar a una mascota implica aceptar desde el principio que algún día habrá una despedida, y aun así considerar que la experiencia vale la pena.
Por: Mariana Orozco Blanco






