COLUMNA

La conciencia ciudadana frente a la mentira

La columna analiza cómo la mentira, la desinformación y la manipulación de la opinión pública afectan la democracia y la convivencia social. Desde una perspectiva filosófica y política, el autor defiende la verdad, la ética y la conciencia ciudadana como fundamentos esenciales para preservar la libertad y fortalecer las instituciones

Fausto Cotes N - Columnista de EL PILÓN

Fausto Cotes N - Columnista de EL PILÓN

canal de WhatsApp

La prensa amarilla, y en especial quienes la representan, encabezada por periodistas en quienes la pérdida de su yo interior los conlleva a lo demoniaco —tema analizado a fondo por la escuela existencialista—, vive despotricando con la mentira y la malversación de la información para desprestigiar a la clase política. Se ve, por ejemplo, en las confrontaciones por la lucha del poder a sus opositores de turno, que cuando sienten la fuerza y atracción demostrada por las masas populares bajo la empatía, el afecto y programas de gobierno claros, no les quedan más recursos que la desinformación a través del engaño y la calumnia, tal como han querido hacer con Abelardo De La Espriella —el candidato posible ganador para las próximas presidenciales— por parte de locutores locuaces, repelentes y malignos, llenos de odio y miseria social.

Las naciones no se destruyen únicamente por la pobreza o por la violencia. También comienzan a deteriorarse cuando la verdad pierde valor en la vida pública y la mentira se convierte en un instrumento cotidiano para conquistar aplausos, sembrar odios o destruir adversarios.

Cuando el ser humano se pierde dentro de la multitud, el individuo deja de ser un ciudadano libre para convertirse en un repetidor de consignas, rumores y prejuicios. La verdad deja de buscarse y comienza a fabricarse; aquí nace el chisme propio de las mentes obtusas, resentidas y vacías que, cuando tienen el poder de los medios de comunicación hablados o escritos, se sacian en la humillación y el desprestigio de todo lo que se les opone en su paso.

Por eso resulta preocupante observar cómo algunos sectores del debate político pretenden sustituir los argumentos por la desinformación, el análisis por la sospecha y la evidencia por la difamación. Quien utiliza la mentira como herramienta política no solo agrede a una persona o a un candidato; hiere la inteligencia colectiva de su pueblo y socava los cimientos morales de la democracia.

La historia enseña que ninguna sociedad ha alcanzado la grandeza edificándose sobre falsedades. Siempre he manifestado que la moral es la primera necesidad de los hombres de bien. Sin educación cívica, sin verdad y sin ética pública, la libertad termina convirtiéndose en una ilusión manipulable por el peor de los badulaques.

El decir la verdad es un acto revolucionario, y esta reflexión adquiere una enorme relevancia cuando la opinión pública es bombardeada por versiones interesadas que buscan moldear emociones antes que despertar la conciencia ciudadana.

La patria merece periodistas comprometidos con los hechos y ciudadanos comprometidos con la verdad. El patriotismo auténtico consiste en defender el derecho de la nación a conocer la realidad sin distorsiones. Los pueblos libres no se construyen sobre la calumnia, sino sobre la confianza; no sobre la manipulación, sino sobre la verdad. Al final, la libertad solo puede sostenerse donde existen la decisión y la responsabilidad.

Cuando el individuo deja de ser individuo, adopta opiniones ajenas, sigue costumbres sin reflexión y permite que otros definan quién es. Aquí nace lo que la filosofía existencialista llama desesperación: una enfermedad del espíritu que consiste en no querer ser uno mismo o en no saber quién se es realmente.

La desesperación sigue siendo una enfermedad existencial, pero cuando se desconoce el yo interior se termina en lo diabólico, porque la esencia humana no es algo que se encuentra pasivamente, sino algo que se conquista mediante una elección existencial. Entonces, cuando la enfermedad se convierte en psíquica, es muy difícil de curar.

La desinformación política para ganar adeptos destruye moralmente a quien la utiliza, ya que la desesperación lo lleva a su propio repudio. La desinformación política constituye una amenaza ética porque busca influir en las emociones —especialmente el miedo, la ira o el resentimiento— antes que en la reflexión. Quien difunde información falsa para ganar adeptos no trata a los ciudadanos como sujetos libres y responsables, sino como instrumentos para alcanzar un objetivo de poder.

Pero miren que estos bárbaros ya tienen su espacio preseleccionado en el octavo círculo del infierno de Dante, condenados a padecer una sed eterna y fiebres delirantes hasta que se les queme la lengua durante un proceso reiterativo indeterminado; que cuando quieran pronunciar la palabra arrepentimiento, el proceso estará en marcha nuevamente, y así indefinidamente.

Por: Fausto Cotes N.

Temas tratados
  • conciencia ciudadana
  • democracia
  • desinformación política
  • ética pública
  • Fausto Cotes N
  • libertad de expresión
  • mentira en la política
  • Opinión
  • periodismo
  • verdad y ciudadanía

TE PUEDE INTERESAR