COLUMNA

Carta a los tibios, a las motosierrólogas y a los profetas del apocalipsis

A través de un ejercicio narrativo en el que imagina una respuesta de Abelardo de la Espriella a sus críticos, el autor cuestiona el papel de algunos sectores del periodismo político y plantea una reflexión sobre la polarización, la caricaturización del adversario y la necesidad de debatir ideas en lugar de estereotipos

Hugo Mendoza - Columnista de EL PILÓN

Hugo Mendoza - Columnista de EL PILÓN

canal de WhatsApp

Como los viejos cronistas que ponían palabras en boca de reyes, generales o filósofos para iluminar una controversia, me permito por una vez escribir como si lo hiciera Abelardo de la Espriella. No para sustituir su pluma, sino para explorar una respuesta posible a quienes, desde sus trincheras periodísticas, han decidido transformarse en contradictores políticos.

“He leído con atención a quienes han decidido convertirse en mis biógrafos no autorizados: Ana Bejarano Ricaurte y Daniel Coronell. Les agradezco el esfuerzo. Siempre es reconfortante descubrir que hay personas que dedican tantas horas a pensar en uno.

Según ellos —escribiendo con protervia— soy simultáneamente una amenaza para la democracia, una reencarnación tropical del fascismo europeo, un vendedor de ron, un populista, un improvisador y, por lo visto, el responsable de todos los males futuros de la república. Debo admitir que semejante concentración de talentos en una sola persona supera incluso mis propias expectativas.

Me llama la atención que quienes durante años defendieron la diversidad de opiniones ahora parezcan sufrir una profunda alergia cuando los ciudadanos opinan distinto de ellos. Si más de 10 millones de colombianos respaldan una candidatura alternativa, la explicación no puede ser que estén convencidos; debe ser que fueron engañados. Curiosa teoría democrática: el pueblo es sabio cuando vota como ellos quieren y víctima de una manipulación masiva cuando no lo hace.

Unos hablan de “tibios” como si fueran una especie política superior. Otros evocan motosierras, fantasmas históricos y catástrofes inevitables. Parecen menos interesados en debatir el tamaño del Estado que en administrar el miedo. Porque cuando faltan argumentos, siempre queda disponible el viejo recurso de anunciar el fin del mundo.

Lo verdaderamente revelador no es que cuestionen mis propuestas. Eso es legítimo y necesario. Lo revelador es que rara vez discuten los problemas que esas propuestas intentan resolver: un Estado que gasta más de lo que produce, una burocracia que crece mientras los servicios se deterioran, una inseguridad que asfixia a las regiones y una ciudadanía cansada de escuchar explicaciones brillantes para resultados mediocres. La Bejarano se ofrece de estadista.

He notado también que ella y Coronell han dejado de describir la realidad para asumir la misión de dirigirla. Ya no informan sobre la contienda: participan en ella. Ya no observan desde la tribuna: saltan a la cancha. Y, por supuesto, tienen todo el derecho a hacerlo. Lo único que pediría es que se presenten como lo que son: activistas con columna, no periodistas neutrales.

Colombia enfrenta una elección entre dos maneras de entender el poder. Una cree que el ciudadano existe para sostener al Estado. La otra cree que el Estado existe para servir al ciudadano. Esa es la discusión de fondo.

Todo lo demás —los apodos, las caricaturas, los espantos y las profecías— pertenece más a la malísima literatura que a la política. Y aunque debo reconocer que algunos de mis críticos escriben con algo de talento, el país no necesita mejores novelistas. Necesita mejores gobernantes”.

Pero ahora cierro como el autor de quien esto escribe: los textos de Bejarano y Coronell reflejan una tendencia cada vez más visible en ciertos sectores del periodismo político: el desplazamiento del debate por la caricatura. Ya no se contrastan ideas con ideas, sino personajes con estereotipos. Nada hay que objetar al derecho de opinar; lo discutible es que la opinión se presente como imparcialidad mientras participa activamente en la contienda que dice observar.

Sus columnas descansan más en la ironía, la descalificación simbólica y las asociaciones emocionales que en la refutación de las tesis que cuestionan. De allí la paradoja: quienes denuncian el sectarismo terminan reproduciéndolo, y quienes proclaman el pluralismo parecen inquietarse cuando surge una opción política ajena a sus preferencias.

Por eso, frente a la caricatura, suele ser más eficaz el argumento; frente al prejuicio, la razón. ¡Firme por Colombia!

Temas tratados
  • Abelardo de la Espriella
  • Ana Bejarano
  • Daniel Coronell
  • democracia colombiana
  • elecciones Colombia 2026
  • libertad de opinión
  • opinión política
  • periodismo político
  • polarización política

TE PUEDE INTERESAR