Un chef atrapó a dos ranas y puso una olla con agua a hervir. Cuando ya estaba lo suficientemente caliente, metió a una de las ranas; al animalito sentir cómo se le quemaban sus patas, dio un salto y escapó por la ventana. Luego puso otra olla, esta vez con agua al clima, y metió a la segunda rana; el animal estaba en su ambiente natural, cómodo y plácido. El chef empezó a calentar lentamente y de manera sutil el agua, de tal modo que los cambios en la temperatura eran tan sutiles que, cuando la rana se quiso percatar de la situación, ya estaba cocida.
Al principio es una calle rota; inicialmente la gente protesta, siente que esa calle rota es un problema, que no se ve bien y que alguien debería arreglarla, pero los responsables de ese arreglo no lo hacen. Posteriormente, alguien empieza a ignorar la luz roja del semáforo; son unos pocos, los demás les hacen sanción social, adelantan al infractor y sutilmente le hacen caer en cuenta de que lo que acaba de hacer está mal, que está poniendo en riesgo no solo su vida sino la de otros. Esa sanción al comienzo surte efecto positivo, pero luego son muchos los que lo hacen y muy pocos los que respetan la luz roja, y cuando lo hacen, un infierno ensordecedor de pitos detrás de ellos los presiona para que se salten el semáforo; luego, uno que otro vehículo estacionado en una avenida, solo es un momento mientras hace algo, luego son muchos más y al final es todo el mundo.
Y un día cualquiera ya no hay presencia de la autoridad, quienes previenen el delito o intervienen cuando se está cometiendo. Van desmontando poco a poco la regulación del tránsito, ya no hay quien asista a un choque, quien haga un croquis y quien dirima la responsabilidad, pero lo vamos aceptando a cuentagotas como algo “normal”. Así, levemente, vamos aceptando cada desorden, cada calle rota, cada caos y vamos normalizando aquello que nos hace daño y nos devuelve a la edad de piedra.
¿En qué momento aceptamos todo esto? ¿Qué nos llevó a aceptar como normal el deterioro de la ciudad luego de que en el pasado era ejemplo de Colombia? ¿En qué momento empezamos a aplaudir como focas a los responsables de este caos y a justificar lo injustificable? La ciudad está creciendo sobre un problema grave; ya todos sabemos que el acueducto y el alcantarillado colapsaron porque ambos fueron diseñados para una ciudad de 200 mil habitantes y esa cifra la duplicamos hace al menos dos décadas; sin embargo, se sigue construyendo desaforadamente, se siguen vertiendo las aguas a un alcantarillado colapsado y se sigue demandando infraestructura de servicios a empresas que no la tienen y no la van a tener porque sus dirigentes gobiernan ranas tostadas en agua caliente.
Pero hay un problema peor: cualquiera de las ranas que diga que el agua se está calentando se vuelve incómoda, se señala socialmente, se expone para que nadie lo mire, nadie le hable, nadie lo contrate. La idea es volverlos tan desagradables que los demás piensen que es más perjudicial quien denuncia que el agua de la olla se está calentando a que todos terminemos cocidos con agua caliente, y no estoy hablando de ranas ni de ollas con agua.
Si llueve nos quitan la energía y el agua, y si no llueve, también. La empresa encargada de recoger la basura no cumple con sus circuitos programados porque tiene todos los problemas del mundo; ah, pero si entra la competencia, la atacan sin piedad porque nadie puede venir a mejorar nada en esta ciudad, porque el agua de la olla está perfecta, así como está.
La movilidad es un desastre, la inseguridad ya es parte del paisaje, la malla vial desaparecerá en diez años —en algunos sectores en máximo tres o cuatro—, el sistema de transporte público ya está en las últimas ya que financieramente es inviable porque sus usuarios prefieren subirse a un mototaxi y exponerse a todo tipo de riesgos que ir cómodos en un bus; en fin, felices en el agua hirviendo.
Soy pesimista por el futuro; entramos en una espiral y una tendencia, y de esa realidad es muy difícil salir.
Por: Eloy Gutiérrez Anaya






