Abultado el ejercicio cultural del pasado fin de semana, la feria del libro en su cuarta versión —FELVA 2026— deja un sabor agradable en sus gestores y mucha confluencia en los escenarios que le dieron vida por unos días al mundo literario en esta zona del Caribe.
Va un saludo especial al magistrado Pedro Olivella, sandiegano cordobés que llegó a hablarnos de la incidencia del Derecho en las composiciones vallenatas; muy bien por Luis Barros Pavajeau con su reciente novela ‘Ferósticas’, ya le brindaremos un espacio a esa obra; lo acompañaron Mary Daza Orozco y María Fernanda Piñeres, escritora y poeta cartagenera.
Aplausos para Martha Navarro Bentham, que nos brindó los poemas atrapados en la antología de poetas contemporáneos del Cesar: “Poblar desiertos”. Disfrutamos de la gracia poética de ‘Martruja’, excelente.
Hasta aquí todo es color de rosa, como debería ser en Colombia; pero lo anterior no tiene nada que ver con el título de esta nota, mientras que lo que a continuación detallo sí tiene que ver, y bastante.
Por un lado, se incrementa la tendencia guerrera en las campañas políticas camino a escoger al presidente de Colombia, Cepeda y De la Espriella; no se inmutan, como candidatos, para darle un sentido de paz a esa gesta política. Las propuestas fueron cambiadas por acusaciones, improperios y videos, desnudando la parte oscura de sus vidas personales y profesionales. Nada que ver.
Sigue el pueblo poniendo muertos, atentados, inseguridad, secuestros y asesinatos; volvieron las pescas milagrosas a las carreteras del país y entonces nos preguntamos: ¿qué pasó con la Paz Total? La angustia nos consume.
El caso de Antonella y James por un supuesto desaire es de ‘replay’ y le pone la fresita al pastel; llegó ese suceso a esferas altísimas y muchos, hasta representantes del Congreso, lo trataron de infame, de superficial y repudiable. Antonella sale a defender a la Selección y de paso le brinda palabras de elogio a James; él, por su parte, le ofrece disculpas a la niña por su omisión, le promete las fotos y va a darle la camiseta. Pero quienes se ofendieron más que la niña siguen intransigentes, señalando y deseándoles todo el mal a James y a la Selección. Por Dios. Allí cabe la doble moral y la falta de principios.
Queremos un país diferente, pero somos intransigentes y nos mostramos agresivos con cualquiera que no tenga nuestra ideología política, cultural, religiosa o deportiva. Nos rasgamos las vestiduras, nos creemos dueños de la verdad absoluta y sin escrúpulo alguno sufrimos de una amnesia crónica para lo bueno, desconocemos eso totalmente; pero para retraer lo malo estamos expeditos.
Si por alguna razón alguien se equivoca y reconoce su error, los adalides de la moral se paran en la raya de los improperios, en el castigo social de la lengua venenosa y la desmoralización. Y cada uno se convierte en un juez que descalifica, otros califican y, además —más nefasto aún—, castigan e imponen penas.
Seamos sensatos, llenemos el mundo de más cultura, leamos más, respetemos las diferencias y valoremos que esas diferencias nos hacen únicos, especiales, potenciales y juiciosos en el hacer y el quehacer. No hay derecho a descalificar, no somos los más abanderados para ello. Hay derecho a calificar para construir y exaltar, eso sí. Sólo eso.
Por: Eduardo Santos Ortega Vergara






