“No tengo cómo”. Esa es la respuesta que siempre recibo de los políticos cuando les solicito una gestión propia de su competencia. La paciencia tiene límites. Tres palabras que resumen, con desparpajo, la desconexión entre los cargos públicos y sus verdaderas responsabilidades. ¿No tienes cómo? ¿Y entonces para qué querías ser elegido? ¿Para qué las promesas, los discursos apasionados y los abrazos en las calles? Porque cuando se está en campaña, parece que todo es posible: son omnipotentes, omnipresentes y omniscientes.
Pero una vez en el poder, la memoria se esfuma, y en su lugar aparece la excusa perfecta: “no tengo cómo”.
Esta frase no es solo un acto de sinceridad tardía, es un reflejo de la falta de gestión, de voluntad y, sobre todo, de compromiso. ¿Es realmente que no tienen cómo? ¿O es que simplemente no quieren? Porque los recursos existen, los mecanismos están, pero lo que a menudo falta es algo tan sencillo como la intención.











