Ahora sí le llegó la cereza al pastel.
En mis más de seis décadas de existencia no había presenciado una campaña presidencial en Colombia con tanta rabia, tanto odio, tantos insultos y tanta descalificación. Tampoco recuerdo una época reciente en la que el respeto por las instituciones, la Constitución, la ley y las más elementales normas de convivencia democrática pareciera estar tan deteriorado como en estos días.
Luego de una primera vuelta que dejó en contienda precisamente a los candidatos ubicados en los extremos ideológicos, el país parece haberse sumergido en una dinámica de confrontación permanente.






