Hace varios meses (muchos ya), mi hijo Benjamín tuvo la oportunidad de encontrarse con el alcalde Ernesto Orozco. Con la inocencia que solo un niño posee, se acercó y le hizo una petición sencilla pero profunda: “Alcalde, por favor, cuida a los caballitos de las carretas”. El mandatario, con una sonrisa, le respondió: “Claro, mi llavecita, lo voy a hacer”. Ese compromiso, nacido de una charla espontánea, encierra una verdad que a veces los adultos olvidamos en la frialdad de las cifras: el respeto por la vida no admite esperas.
Hace poco, en un viaje familiar a Barranquilla, Benjamín vio una señal de tránsito que prohibía el uso de vehículos de tracción animal, calificándolo explícitamente como maltrato. Con una mezcla de sorpresa y admiración, señaló el letrero con su dedo y me dijo: “Mira papi, acá en Barranquilla sí cuidan a los caballitos”. Su frase me dejó en silencio, confrontándome con la realidad de nuestra propia ciudad.
Confieso que guardé la anécdota inicial con optimismo al conocer las jornadas de reconversión en Valledupar, pensando que avanzábamos hacia esa misma dignidad, pero al regresar, la escena de caballos exhaustos bajo el sol inclemente nos recordó que la tarea sigue pendiente.






