En Valledupar hemos aprendido —casi sin darnos cuenta— el arte de naturalizar la desgracia. Lo que en otras latitudes sería motivo de escándalo, aquí se convierte en costumbre. Nos rodea un paisaje en el que la indignación se desvanece y la capacidad de asombro se extingue, como si el espíritu ciudadano hubiese aceptado resignado que este es el orden natural de las cosas. De tanto ver lo mismo, ya nada sorprende; de tanto callar, ya nada incomoda. Y así, la resignación se va instalando en nuestra cotidianidad como un idioma tácito, una lengua no hablada, pero compartida, que dicta las reglas de un conformismo que parece heredarse de generación en generación.
La tragedia dejó de ser un accidente para convertirse en rutina. Es normal ver motociclistas que pierden la vida a diario en medio de un tránsito sin control ni conciencia. Es normal escuchar de un atraco en cualquier esquina, de un sicario que entra a una vivienda, ejecuta su cometido y huye con la serenidad de quien cumple un oficio. Es normal recorrer las calles atiborradas de basuras y respirar el hedor de la negligencia institucional.
Es normal que la empresa de energía, con la arbitrariedad de quien se siente dueño del destino ajeno, corte la luz sin consideración por la dignidad de las familias. Es normal, también, constatar la ausencia de horizontes para una juventud que, incluso después de estudiar, se estrella contra el muro de la falta de oportunidades.











