Los procesos históricos que han marcado a la humanidad no son simples sucesos aislados; constituyen verdaderos puntos de inflexión que redefinen estructuras sociales, económicas, políticas y culturales. Cada época ha sido identificada por hitos que delimitan su espíritu y su horizonte civilizatorio: la Revolución Francesa, la Revolución Bolchevique, la Primera y la Segunda Guerra Mundial no solo alteraron el orden mundial, sino que configuraron nuevas concepciones del poder, del Estado y de los derechos.
El siglo XXI no escapa a esa lógica histórica. Nuestra era se encuentra signada por lo que algunos teóricos denominan la Quinta Revolución Industrial, caracterizada por la convergencia entre tecnologías digitales avanzadas, biotecnología, automatización inteligente y, de manera central, la Inteligencia Artificial (IA). Si las revoluciones anteriores transformaron la producción material, la actual comienza a incidir directamente en la producción cognitiva.
La Inteligencia Artificial no fue creada por una sola persona ni en un momento específico. Es el resultado de décadas de investigación interdisciplinaria que se remonta a la mitad del siglo XX. En 1956, durante la Conferencia de Dartmouth, se consolidó formalmente el término y el campo académico. Figuras como Alan Turing sentaron las bases conceptuales al preguntarse si las máquinas podían pensar y diseñar procesos de cualquier naturaleza.











