Hubo un tiempo en que Valledupar se peinaba para salir. Se alisaba las trenzas del río Guatapurí con dedos de viento, se vestía con buganvilias y flamboyanes, y se perfumaba con la fragancia solar de los días sin afán. Era una ciudad que se sabía bonita y que, como toda belleza consciente, vivía con el decoro de quien sabe que está siendo mirada.
Pero hoy Valledupar camina despeinada. La han dejado andar con la blusa rota y los pies descalzos sobre el asfalto ardiendo. Se han olvidado de adornarla. Han confundido su historia con un vestido viejo y, lo que es más grave, han dejado que sus calles se llenen de harapos.
Porque basta ver sus separadores —sí, esos cordones urbanos que alguna vez fueron promesas de jardinería— convertidos hoy en arrabales sin nombre, cementerios de ramas secas, basureros improvisados y estaciones de olvido. Lo que debía separar la vida urbana con gracia y equilibrio, se ha convertido en una costura descuidada, sucia, grotesca, que deshila sin pudor el cuerpo de la ciudad.











