He leído con una mezcla de asombro y divertida ironía la más reciente columna de mi apreciado Edgardo Mendoza, “El semental y la zorra, ¡adiós Esopo!“. En un despliegue de su siempre audaz y afilada pluma, Edgardo se autoproclama “semental” y nos arroja al rostro una terminología que pretende reducir la danza sagrada de la existencia a una simple lógica de corral, a un intercambio de fluidos e instintos primarios. Ante tal envite, querido Edgardo, no puedo sino recoger el guante.
Lo hago no solo por mi propio nombre, sino por el derecho de todas las mujeres que, al leernos, buscan un espejo donde su dignidad no salga astillada ni su esencia reducida a una fábula de desván.
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Si tú, en tu legítimo derecho al relato y a la provocación, decides habitar ese rol de ímpetu biológico y jubilar al pobre Esopo para instaurar tu propio orden zoológico, ten mucho cuidado. Porque frente a la figura de tu “semental”, aquí se alza una Loba con todas las letras, en mayúsculas y con la fuerza de los siglos. Pero no te confundas: no hablo de la astucia maliciosa ni de la “zorrería” que el prejuicio histórico nos ha colgado como un Sanbenito para intentar domesticar nuestra independencia.
Hablo de una loba de estirpe sagrada, de esa presencia mítica que en los albores de la civilización amamantó imperios y forjó el carácter de Rómulo y Remo. Hablo de esa loba contemporánea que, como bien ha sentenciado nuestra cultura hoy, ya no se sienta a llorar por esquinas ni por fábulas mal contadas, sino que factura talento, proyecta dignidad y exige respeto en cada paso que da sobre el asfalto de la realidad.
Es imperativo elevar el discurso. No se trata de caer en la mojigatería rancia que censura el deseo, pero tampoco de sucumbir a la vulgaridad que nos animaliza para despojarnos de nuestra complejidad intelectual. Las mujeres de hoy no somos “zorras” acechando en la penumbra del juicio ajeno, esperando las sobras de una atención masculina; somos dueñas de un territorio emocional, intelectual y profesional que hemos conquistado a pulso, contra viento y marea.
La picardía, esa esencia tan nuestra, ese juego de luces y sombras que hace la vida interesante, no tiene por qué ser el preludio de un mercado de carnes. Puede y debe ser el arte sutil de dos inteligencias que se reconocen como iguales, que se desafían desde la mente y se encuentran en la admiración mutua.
Tu pluma es brillante, “semental”, pero recuerda que a esta loba —y a las miles que hoy caminan con la frente en alto— no la domestica cualquier cuento de camino ni cualquier galanteo de establo. La hombría que el siglo XXI reclama a gritos no es la del vigor genético que se pavonea en el ruedo, buscando marcar territorio con la arrogancia del que se cree dueño del pasto. Necesitamos la caballerosidad que tiene la valentía de admirar la luz en el otro, la que no teme a la fuerza de una mujer soberana. El semental, al final del día, es prisionero de su instinto, esclavo de una biología que lo empuja sin pedirle permiso; la loba, en cambio, es dueña absoluta de su voluntad, de sus silencios y de su soledad elegida.
Esta respuesta no nace desde el enjuiciamiento moralista, sino desde una invitación a recobrar la elegancia del ser. En este bosque de ideas que compartimos, las mujeres hemos dejado de ser personajes secundarios en las fantasías de otros, figuras decorativas en el bestiario de la conquista, para convertirnos en las arquitectas de nuestra propia narrativa. Me divierte tu honestidad brutal, Edgardo, y celebro tu capacidad de sacudir el avispero, pero me apasiona infinitamente más nuestra libertad de no encajar en los moldes que nos intentan imponer.
Al final de la jornada, cuando las luces de la columna se apagan, lo que queda no es cuánta “raza” demostramos en el ruedo o cuántos trofeos simbólicos colgamos en la pared. Lo que queda es la huella de respeto que dejamos en el alma del otro. Sigamos jugando con las palabras, sigamos retándonos en este duelo de ingenio, pero hagámoslo desde la altura de quienes saben que el lenguaje es un arma sagrada. Porque mientras algunos todavía intentan descifrar el instinto básico, nosotras ya hemos construido ciudades enteras de pensamiento, leyes y afectos.
¡Brillante, Edgardo! Tu texto es un espejo de tu esencia indomable. Pero nunca olvides: en este bosque, la loba no solo vigila el camino para que nadie se pierda, sino que decide, con soberanía absoluta y un olfato infalible, quién es verdaderamente digno de caminar a su lado. La estirpe se demuestra en la mirada, no en el relincho.
Por: Yarime Lobo Baute






