Viajando con 4 gatos durante largas veinte horas, el cansancio se apoderó de nosotros y el buen humor con el que emprendimos el viaje nos abandonó justo horas antes de llegar a nuestro destino. Con las últimas fuerzas que nos quedaban y con la alegría de quienes se saben victoriosos llegamos a nuestro nuevo hogar. Sacamos a los gatos del auto, desenrollamos las colchonetas y caímos en un sueño profundo.
El 4 de enero de 2022, desde Bogotá y en plena mitad de la noche, arribamos a tierras vallenatas con la ilusión de una nueva vida y con el inconsciente duelo a cuestas de las despedidas a amigos y familiares. El duelo por decir adiós a las cotidianidades instituidas, a los rituales creados por años y a las certezas que creíamos inamovibles.
Hoy quiero escribir sobre el lugar que nos recibió con generosidad: Valledupar. Escribir, además, sobre cómo una urbe con una superficie de 4.978 kilómetros cuadrados me ha despojado de esa carga tan pesada llamada «progreso», que, por años, nos han -nos hemos- puesto al hombro con la excusa – ¿o confusión?- de ser la garantía de la felicidad.











