Cuando se habla del fenómeno de El Niño, casi siempre pensamos en calor, calles vacías al mediodía, ventiladores trabajando al límite y recibos de energía que suben sin pedir permiso. Pero no. El problema es bastante más complejo.
El Niño no es simplemente una temporada en la que hace más calor. Es una alteración climática que modifica las lluvias, prolonga las sequías, reduce la disponibilidad de agua, favorece los incendios forestales, afecta la producción de alimentos y crea condiciones para que algunas enfermedades se propaguen con mayor facilidad. En otras palabras, también es un problema de salud pública.
¿Guardar es un peligro?
Uno de los primeros efectos aparece en algo tan básico como el acceso al agua. Cuando disminuyen las lluvias, los ríos bajan su caudal, los pozos comienzan a agotarse y muchas comunidades deben almacenar agua durante varios días. Allí aparece una paradoja, ya que guardamos agua para protegernos de la sequía, pero, cuando los recipientes permanecen destapados o no se limpian adecuadamente, terminamos creando criaderos para los mosquitos. Por eso no debe sorprender que durante estos periodos aumente la preocupación por enfermedades como dengue, zika, chikunguña y, en algunos territorios, malaria. El mosquito no necesita necesariamente una gran inundación. A veces le basta una alberca, una llanta abandonada, una matera o un tanque sin tapa.









