Hay un tiempo para todo: para reír, para llorar, para ser feliz, para estar triste. La vida, con su inagotable sabiduría, nos empuja a vivir cada uno de estos momentos como parte de un todo. Nos invita a aprender que en el sufrimiento también hay amor, que en la alegría también hay despedida, y que, en última instancia, lo único eterno es el recuerdo que dejamos en quienes amamos.
Perder a alguien que queremos es una de las lecciones más profundas que nos da la vida. Nos enfrenta a la verdad ineludible de que nada, absolutamente nada, nos pertenece. Ni los días soleados, ni las noches de risas, ni siquiera las personas que más amamos. Y aunque eso parezca desgarrador, también es lo que da sentido a cada instante, porque nos recuerda que debemos vivir con intensidad, con gratitud y con amor.
En estos días me ha tocado aprenderlo de nuevo. Mi abuela, la persona que me enseñó tanto sobre la vida, ha partido. Fue una mujer admirable, de esas que dejan huella solo con su presencia. Me enseñó la elegancia, no solo en su forma de vestir, sino en su forma de ser: en su dignidad, en su manera de enfrentar los retos, en su amor incondicional hacia sus hijos, nietos y amigas.











