Nuevamente los abrazos y las sonrisas rodean al departamento del Cesar. En vísperas de un nuevo ciclo electoral vemos los mismos rostros sonrientes que aparecen cada cuatro años, esas manos que vuelven a saludar y a traer “recuerdos” de caminos que enmarcan al pueblo cesarense. Aquellos que mantuvieron un bajo perfil durante el cuatrienio legislativo y no cumplieron al pueblo en defensa de los intereses del departamento, hoy reaparecen con mensajes de amor y gratitud por los municipios y pueblos del departamento.
El Cesar no es un escenario para campañas de temporada; es una región con una economía estratégica para Colombia, cuya relevancia no ha sido correspondida por quienes hoy buscan reelegirse y seguir ocupando puestos en el Congreso de la República. Mientras la economía del departamento cayó un 4,4 % en 2024 (según cifras del Dane), la clase política que ostenta las credenciales otorgadas por el pueblo busca perpetuarse en el legislativo. ¡Y es allí donde debemos alzar la voz y reclamar!
¿Dónde están los debates? ¿Dónde están los proyectos y las gestiones para salvaguardar el sector minero del país? Somos el segundo centro de exportación minera más importante de Colombia y, aun así, nuestros congresistas permanecen en silencio, representando un bajo potencial y aceptando sin resistencia las amenazas del Gobierno nacional.
El momento llegó: hay que sacar esos viejos trajes del Parlamento y convertir las curules en realidades, en el sueño de la gente del Cesar, en verdaderos defensores de los intereses del departamento. Eso solo será posible cuando escuchemos las voces jóvenes, que nacen cada día con ideas frescas y visión futurista para la región. Sin embargo, la vieja clase política les cierra el paso con sus maquinarias tradicionales, el clientelismo y estructuras que operan como feudos electorales.
Hoy más que nunca necesitamos una voz que hable sin temor, que defienda la importancia de las regalías carboníferas para el desarrollo social de los municipios. Atentar contra la zona minera es también atentar contra la población más pobre y vulnerable, la primera en beneficiarse de esos recursos.
La reelección no es, en sí misma, un mal absoluto; puede ser un reconocimiento a la buena gestión. Pero cuando se convierte en sinónimo de estancamiento, ausencia de resultados y bloqueo a las nuevas generaciones, se transforma en un obstáculo para el desarrollo del Cesar.
El Cesar no está condenado a la ineficiencia política. Está llamado a protagonizar su propia transformación, que comienza al entender que la democracia no se reduce a un día de elecciones, sino a una vigilancia constante y a la valentía de exigir cambios reales. La inconformidad es la chispa, pero la superación será siempre el fuego que alumbre el futuro que merecemos.
Renovar la bancada del Cesar no es un capricho ni un eslogan: es un acto de dignidad colectiva. Seguir votando por costumbre, por favores o por miedo a perder lo poco que tenemos nos convierte en cómplices del retroceso social que hoy no necesitamos. Cada voto define si seguimos en manos de quienes prometen y no cumplen, o si apostamos por nuevas ideas y liderazgos que piensen primero en la gente. El Capitolio Nacional no puede seguir siendo un espacio de representación nominal: necesitamos voces que se planten con firmeza frente al Gobierno, que defiendan nuestros intereses y reconstruyan la economía departamental con visión de futuro.
¡Basta ya! No más rehenes de los mismos apellidos. Cada reelección sin resultados es un agravio a la dignidad de nuestra gente. O rompemos el círculo ahora, o nos condenamos a que el futuro siga escrito con la tinta marchita del presente.
El 2026 nos brinda la oportunidad democrática de decidir si avanzamos como región o seguimos siendo víctimas de las desigualdades que nos abordan. Entre el murmullo del río Guatapurí y el eco de nuestras serranías, se escucha el clamor por un cambio verdadero. ¡Es el tiempo! Que nuevas voces canten por nuestra tierra, con la fuerza de quienes la aman y la honestidad de quien no la vende. Que el próximo capítulo de nuestra historia lo escriba el pueblo, y no las viejas maquinarias políticas.
Por Roberto García– Candidato al Consejo de Juventudes de Valledupar.






