Hay momentos en la vida en los que uno cree que se aleja definitivamente de algo, pero el tiempo demuestra lo contrario. Durante años pensé que el activismo político ya no era para mí. En 2011 decía que no me interesaba, en 2017 incluso llegué a pensar que no valía la pena participar. Sin embargo, la situación del país me motivó, la vida termina llevándonos de regreso a ejercer la actividad que nos hace felices.
En mi caso, esa actividad siempre ha sido la política. Vengo de una familia política, crecí rodeado de conversaciones sobre elecciones, liderazgo y servicio a la comunidad. En mi casa se respira política, pero no la política de los ataques o las peleas, sino la política con respeto al que piensa diferente la de los amigos, la de servir, la de acompañar a la gente y trabajar por los territorios.
Estas elecciones me permitieron ver un país distinto. Volvimos a ver personas participando por convicción, creyendo en ideas y proyectos. En muchos lugares quedó demostrado que la política no solo se mueve con grandes estructuras, sino también con ciudadanos que participan de manera voluntaria. Muchas veces creemos más en los llamados “líderes”, pero estas elecciones dejaron claro que los voluntarios y la gente que camina el territorio tienen un papel fundamental.
Tuve la oportunidad de participar activamente en tres campañas que me dejaron importantes enseñanzas. Una me hizo recordar las luchas del trapo rojo y el valor de las obras y los legados que quedan en las comunidades. Otra mostró un liderazgo que nace desde los corregimientos, donde la esperanza se construye desde abajo. Y una más que durante años ha demostrado que la gestión constante en el territorio también es una forma de hacer política.
De todas esas experiencias me queda una conclusión sencilla pero importante: en política lo esencial es estar y servir.
Al mismo tiempo, también queda una preocupación. La política en los territorios se ha polarizado demasiado. Las diferencias, que deberían enriquecer el debate, muchas veces terminan en enfrentamientos que dividen comunidades, amistades y familias.
El politólogo Giovanni Sartori señalaba que la democracia necesita debate, pero también respeto entre quienes piensan diferente. Por eso hoy más que nunca debemos apostar por el diálogo, por una política que resalta las acciones y las propuestas, y no los ataques.
Se acerca una primera vuelta electoral y más allá de los resultados, este es un momento para preguntarnos qué país queremos construir. Un país dividido por la política o uno donde la política vuelva a ser un espacio para servir, dialogar y construir juntos.
Alfredo Jones Sánchez – @alfredojonessan






