Hay momentos en la vida en los que uno cree que se aleja definitivamente de algo, pero el tiempo demuestra lo contrario. Durante años pensé que el activismo político ya no era para mí. En 2011 decía que no me interesaba, en 2017 incluso llegué a pensar que no valía la pena participar. Sin embargo, la situación del país me motivó, la vida termina llevándonos de regreso a ejercer la actividad que nos hace felices.
En mi caso, esa actividad siempre ha sido la política. Vengo de una familia política, crecí rodeado de conversaciones sobre elecciones, liderazgo y servicio a la comunidad. En mi casa se respira política, pero no la política de los ataques o las peleas, sino la política con respeto al que piensa diferente la de los amigos, la de servir, la de acompañar a la gente y trabajar por los territorios.
Estas elecciones me permitieron ver un país distinto. Volvimos a ver personas participando por convicción, creyendo en ideas y proyectos. En muchos lugares quedó demostrado que la política no solo se mueve con grandes estructuras, sino también con ciudadanos que participan de manera voluntaria. Muchas veces creemos más en los llamados “líderes”, pero estas elecciones dejaron claro que los voluntarios y la gente que camina el territorio tienen un papel fundamental.










