Orgullosos celebramos los vallenatos, que somos todos los colombianos que llevamos en el corazón un acordeón que se nos abre, con un paisaje de sol, y se nos arruga con las tristezas del alma. Desde La Guajira, Magdalena, hasta las sabanas de la vieja Bolívar, hoy Córdoba y Sucre, se ha venido nutriendo este folclor, que hace suyo la gente en el resto del país y afuera.
Ya es hora, a estas alturas de la 46 edición, de ir preparando las bodas de oro y preguntarnos dónde queremos estar en el 2017. Una ciudad en crecimiento, pero una más humana, educada y cultural. Cómo mejorar el ente que ha forjado estas fiestas, la Fundación del Festival; qué tipo de eventos se deben desarrollar; cuál la relación entre ella y los gobiernos municipal y departamental. Qué grado de relación tendrá la Fundación con otros certámenes u organizaciones afines. Cómo lograr que el pueblo vallenato sea más y más partícipe del Festival. Qué papel jugarán los otros festivales de pueblos vecinos. Cómo hacer mas competitivo el certamen, hacer más dinámicas las presentaciones, fundamentar públicamente los fallos de los jurados; qué papel jugará el cantante, cómo incorporar a las nuevas agrupaciones musicales, que se salen de la restrictiva terna de acordeón, caja y guacharaca. Como fortalecer la investigación y el legado cultural. Qué cambiar de la celebración de una leyenda religiosa que exalta más al conquistador que al nativo.
Porque este año se hace justo homenaje a Gustavo Gutiérrez, es que al tiempo que insistimos en la necesidad de conservar la tradición, -que es el encanto que atrae tanto-, reflexionamos sobre cómo Gustavo ha sido un compositor moderno, con temas románticos de hidalga ascendencia española.
