En Sevilla, España, donde se realiza la Semana Santa más representativa y tradicional del mundo católico, por su tradición apostólica y romana milenaria, los medios de comunicación resaltan la importancia de ser Nazareno. Consideran que es una vocación de fe permanente y sostenida en el tiempo, porque ese es el lenguaje de Dios.
En su análisis informativo resaltan las procesiones, cultos ininterrumpidos, cornetas y tambores, sonido de bambalinas, olor a incienso y golpes secos de llamador. También hacen críticas a las hermandades de nazarenos que se ponen la túnica, la capa y el antifaz y difunden una supuesta fe. Sin embargo, cuando llega el lunes de Pascua, dicen que todo habrá quedado en un bonito recuerdo, puesto que el nazareno guardará su ropa en el baúl hasta el año que viene y esos golpes de pecho que resonaron días antes no se volverán a escuchar. Sólo unos pocos seguirán siendo penitentes y mantendrán la hermandad para dedicarse en exclusiva a trabajar por ella.
Argumentan que la palabra ‘hermandad’ no es salir de nazareno un día al año, porque ser ‘hermano’ significa ser nazareno los 365 días. La tradicional y centenaria Semana Santa de Valledupar y Valencia de Jesús han tenido vivencias y experiencias de distintos ordenes con efectos multiplicadores en la región, como lo es la celebración de ella en San Diego de las Flores, norte del Cesar. El nazareno es un convencido de su vocación y fe en Jesús Redentor, la cual por convicción debe ser permanente, sin desfallecimiento alguno, aunque cada uno de sus miembros se dedique a sus labores del diario vivir en la historia regional.
