EDITORIAL

La reforma a la educación superior

Colombia es un país bien particular; mientras que desde hace varios años en distintos foros, públicos y privados, se viene hablando de la necesidad de adelantar una gran reforma al sistema educativo, en general, y en particular a la educación superior, cuando el gobierno nacional  presenta una primera propuesta de reforma, la reacción es una […]

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Colombia es un país bien particular; mientras que desde hace varios años en distintos foros, públicos y privados, se viene hablando de la necesidad de adelantar una gran reforma al sistema educativo, en general, y en particular a la educación superior, cuando el gobierno nacional  presenta una primera propuesta de reforma, la reacción es una protesta, en contra de la misma, sin más allá y sin más acá.
Lo primero que hay que advertir es que el país está en mora de adelantar una evaluación a fondo, profunda y seria, de su sistema de educación superior, que se ha popularizado por lo bajo, a través de una gran cantidad de universidades de garaje, como se dice popularmente, que aparentemente son económicas para los sectores de menores ingreso, pero que – a la larga- son costosas, en términos relativos, teniendo en cuenta los  malos servicios que prestan y la pésima labor que realizan.
Y una evaluación de ese tipo, se debería realizar con la ayuda de expertos internacionales, vinculados a un grupo de las mejores universidades del mundo y a instituciones como la Unesco, el Banco Interamericano de Desarrollo, entre otras. Un examen que nos diga, de verdad, que tan desfasados estamos frente a los grandes avances de la filosofía en ciencias sociales, la ciencia, la tecnología y los avances, en general, en todas las áreas del conocimiento.
No obstante lo anterior, frente a la propuesta del gobierno lo mínimo que se debe hacer es estudiar con detenimiento sus motivaciones  y sus alcances, antes de acogerla o rechazarla de plano, opción esta última que fue la adoptada por amplios sectores de las universidades públicas y por un sector de la izquierda experto en mantener los privilegios de unos pocos, sin tener en cuenta los intereses del país y las grandes mayorías.
Y considerando la gran cantidad de bachilleres que no alcanzan a llegar a una institución de educación superior, es necesario, como Nación, adelantar un gran esfuerzo en materia de aumento de la cobertura, con una educación de una buena calidad o de una calidad aceptable, bien sea técnica, tecnológica o profesional. Se debe buscar, en últimas, una educación para la vida  y no sólo para inserción al mercado laboral.
Y ese aumento en cobertura requiere cuantiosas inversiones que es probable que el Estado no pueda adelantar directamente y – en consecuencia- tendría que hacerse con capital privado, no hay muchas otras opciones. En este sentido, somos partidarios de subsidiar mejor la demanda, mediante becas totales y medias becas, que buscar más recursos para dirigirlos a la oferta. En este campo, es mucha la experiencia que tiene el Icetex, que se debe multiplicar y replicar también para la educación técnica y tecnológica.
Hay que tener claro que esa mayor cobertura no se puede lograr a cualquier costo, en materia de calidad. Por el contrario, el ICFES y el propio Ministerio de Educación Nacional están en mora de adelantar un barrido y evaluar, sancionar y cerrar, según el caso, tantos programas en muchas universidades que no tienen ningún fundamento científico y que son una verdadera estafa a miles de alumnos y padres de familia.
El país tiene un gran activo en una serie de universidades públicas de primer orden, como la Universidad Nacional, la de Antioquia, la del Valle, la misma Pedagógica y la Distrital, la UIS; y la Universidad de los Andes, Javeriana, Externado de Colombia, la del Norte, EAFIT, entre otras, en el sector privado. Un grupo de veinte, entre unas y otras, podrían liderar un proceso sistemático de mejoramiento de las demás, por programas y mediante convenios claros y precisos.
La reforma a la educación, insistimos, debe partir de la primera infancia y tocar la básica, en su conjunto, para luego concentrarse en la superior, que, en últimas, es la etapa final de un proceso que dura muchos años. Se trata de preparar ciudadanos honestos, con una escala de valores cuyos referentes sean el estudio a conciencia y el trabajo duro, y no el dinero que se ha convertido en el dios de nuestra época.
Esta reforma propuesta por el gobierno merece ser analizada y discutida, por parte de los mismos directivos y profesores de las actuales universidades, públicas y privadas, por los gremios del sector empresarial, por los mismos estudiantes y padres de familia, y los mismos medios de comunicación. Bienvenido el debate a la reforma, con amplitud, tolerancia y sentido de futuro, que es lo que busca precisamente el conocimiento universal, que se supone es el que se imparte en las universidades.

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