Un verdadero monstruo viene creciendo en todo el país. Poco a poco, pero de manera sistemática, los colombianos vienen padeciendo los ataques del nuevo engendro que representa una mutación de la violencia endémica de nuestra nación.
De los restos de los antiguos grupos paramilitares, con personal de sicarios, ex guerrilleros, mercenarios y delincuentes de todas las pelambres se vienen conformando ese nuevo monstruo: las bandas criminales, las famosas bacrim, como se les denomina en los documentos y comunicados de varias agencias del Estado.
Alias “Los Urabeños”, “Los Rastrojos”, entre otros grupos, hacen parte del nuevo engendro. Se trata de un monstruo de muchas cabezas, con unos brazos enormes y un poder destructor que el país, quizás, no había conocido.
Su alimento principal proviene del narcotráfico, que tienen todo el poder internacional del dinero de ese negocio prohibido, tentador y amoral de envenenamiento de la juventud en todo el mundo. Pero, ahora, además tienen el control del microtráfico, en las principales ciudades y poblaciones del país, a lo largo y ancho del territorio nacional.
Están en Bogotá, en Medellín y toda Antioquia, como lo demuestra la masacre de diez campesinos, ocurrida el pasado miércoles en Santa Rosa de Osos. Pero también están en el Valle del Cauca, en la Costa Pacífica y la Costa Atlántica, incluyendo la Guajira y el Cesar, como hace rato lo vienen denunciando los comerciantes y otros sectores.
Y como si lo anterior fuera poco, cuentan con una red de sicarios a sueldo, gente de todos los pelambres, producto de nuestro fraccionamiento e inequidad social y de las anteriores estructuras militares de los paramilitares, la guerrilla, el narcotráfico y la delincuencia organizada, etc.
La nueva bestia, la nueva protagonista de la triste violencia nacional, se alimenta, además del narcotráfico y del microtráfico, también de la extorsión y de la minería ilegal.
El problema de las extorsiones a comerciantes, campesinos y profesionales, está extendido en todo el país, incluyendo, obviamente, a Valledupar, buena parte del Cesar y la Guajira, es cuestión de todos los días.
El Estado colombiano y la sociedad, en general, tienen que pararse firme, como se dice popularmente, de manera vertical, para declarar y afinar la lucha contra ese nuevo monstro. Con inteligencia, con coraje, con valentía…
No hay derecho a que desde las cárceles se esté extorsionando, utilizando los celulares y las nuevas tecnologías. No hay derecho a que los pequeños negocios, y también los medianos y grandes, tengan que estar sometidos a la extorsión, al boleteo y la vacuna, cuando se presumía que estas prácticas era cosa del pasado por la famosa “seguridad democrática”.
El gobierno nacional, en coordinación con el Congreso de la República y la rama judicial, de manera articulada y con el apoyo de la ciudadanía toda, tienen que actuar de manera conjunta para defenderse y luchar contra el nuevo monstruo. Y si esto implica restringir algunas libertades, como la inviolabilidad de la correspondencia, más controles y retenes en las ciudades y carreteras, la gente honesta debe estar dispuesta a asumir ese costo, en aras de ponerle coto a esta nueva vorágine de la violencia nacional, ahora más urbana que rural y con mayores brazos y poder, como se puede deducir con las noticias procedentes de distintas partes del país.
El nuevo monstruo de la violencia nacional
Un verdadero monstruo viene creciendo en todo el país. Poco a poco, pero de manera sistemática, los colombianos vienen padeciendo los ataques del nuevo engendro que representa una mutación de la violencia endémica de nuestra nación. De los restos de los antiguos grupos paramilitares, con personal de sicarios, ex guerrilleros, mercenarios y delincuentes de todas […]
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