EDITORIAL

Algunas reflexiones sobre la semana de receso escolar

Colombia es un país muy original; nos inventamos los famosos lunes festivos y los convertimos en uno de lo símbolos de nuestra identidad. Aprobamos impuestos con el carácter de temporal, como el famoso dos por mil y ahora va en el cuatro por mil y se quedó permanente. Ahora, desde hace algunos pocos años, nos […]

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Colombia es un país muy original; nos inventamos los famosos lunes festivos y los convertimos en uno de lo símbolos de nuestra identidad. Aprobamos impuestos con el carácter de temporal, como el famoso dos por mil y ahora va en el cuatro por mil y se quedó permanente. Ahora, desde hace algunos pocos años, nos inventamos la famosa semana de receso escolar, en octubre, sin ninguna justificación razonable y ahí está.

Hoy queremos referirnos, nuevamente,  a un  tema puntual que incide en la calidad de la educación en Colombia. Es el tema del tiempo, es decir la intensidad de horas diarias, semanales, mensuales y anuales que los estudiantes destinan – efectivamente- a estudiar, tanto dentro como fuera del aula de clases; como se supone que deben hacerlo, teniendo en cuenta las últimas metodologías pedagógicas.

No se justifica que el país se de el lujo de paralizar clases durante seis días (cinco de lunes a viernes y el próximo lunes que es festivo- por el traslado del 12 de octubre, día de la raza), sólo por el prurito de complacer el sector turístico, que gestionó la bendita semana ante el anterior Presidente, Álvaro Uribe Vélez.
La bendita semana se ha convertido en un verdadero problema para los padres de familia. En primer lugar, no tiene ninguna relación con las vacaciones de empresas privadas y públicas. En segundo término, los muchachos se quedan sólo en las casas y en las calles, sin una adecuada utilización de su tiempo libre.

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