Samarcanda, Uzbekistán — Confieso que lo primero que busqué al aterrizar en Samarcanda fue un sancocho de chivo o de cordero mongol, con mucho cilantro y culantro. Pero más que comida, encontré un lugar donde la historia respira por los muros de azul turquesa, donde el pan se hornea con versos y donde las estrellas siguen dictando el destino, como si uno estuviera dentro de un vallenato contado por astrónomos.
Como nací en Valledupar, tierra de acordeones, guitarras y cuentos al pie del río Guatapurí, crecí oyendo historias del ríohachero Francisco el Hombre y sus duelos con el diablo. Pero nunca imaginé que, a medio mundo de distancia, en Asia Central, otro pueblo también viviera entre leyendas y melodías —aunque aquí los cuentos se escriben con minaretes, cúpulas y té verde con cardamomo.
El primer impacto: pan con historia
Mi primer desayuno fue una pieza redonda de pan horneado en horno de barro, llamado non. Me lo dieron en una casa donde me recibieron con las manos en el pecho, sin necesidad de idioma. Me dijeron que ese pan no se puede poner boca abajo: trae mala suerte. Me acordé de mi abuela en San Juan del Cesar, que tampoco dejaba los cuchillos cruzados sobre la mesa.
Probé luego el plov, un arroz con cordero, zanahoria y especias que se cocina en grandes calderos negros. Me lo sirvió una joven que me dijo, orgullosa:
—“Este plato se sirve en bodas, funerales, bautizos islámicos y hasta para pedir perdón”.
Pensé: esto es como nuestro arroz con cerdo, pero contado por ‘Las mil y una noches’.
Leyendas de otro mundo
Me hablaron del mausoleo de Tamerlán, el conquistador temido que ahora descansa en una tumba custodiada por inscripciones en persa antiguo. Las madrazas son las universidades donde los imanes enseñan el Corán, poesía, arte, astronomía, lenguas y todas las ciencias. Los guías repiten lo mismo en todos los idiomas:
—“Cuando abrieron esta tumba en 1941, comenzó la Segunda Guerra Mundial en estas tierras, con la invasión de Hitler en la Operación Barbarroja contra la URSS”.
Una señora mayor, con ojos de sombra antigua, me dijo que Tamerlán aún aparece en sueños si lo llamas por su nombre verdadero. Así como mi tía Cielito Romero soñó tres noches seguidas con un famoso compositor vallenato muerto, hasta que fue a pagarle una misa en Urumita y en cada pueblo de la región donde se tenía noticia de que había dejado un amor, para que el alma del juglar dejara finalmente de penar.
Más tarde, visité las ruinas de Afrasiab, la ciudad enterrada bajo Samarcanda. Dicen que ahí hay puertas selladas por encantamientos, y que cuando los vientos del este soplan fuerte, se oyen las voces de los antiguos mongoles cantando en lenguas que ya nadie habla.
El vallenato que sonó en Registán
Una noche me senté en la plaza del Registán, corazón de la ciudad, donde los muros azulejados cuentan historias sin palabras. Toqué en mi celular una canción de Emiliano Zuleta.
Un muchacho uzbeko se me acercó curioso.
—“¿Eso qué es?”.
—“Vallenato. Música de mi tierra”.
—“Tiene alma” me dijo.
Y sonrió.
Ahí, en ese momento, entendí: Samarcanda y Valledupar no están tan lejos. Ambas ciudades creen en los mitos, honran a sus muertos con música, y tienen platos que curan el alma.
Regreso con té y promesas
Ya de vuelta en el tren, camino a Taskent, me regalaron un puñado de higos secos y un pañuelo de seda con bordados dorados. Me dijeron:
—“Llévate Samarcanda contigo”.
Yo respondí:
—“Samarcanda ya se me metió en el corazón”.
Prometí volver. Y mientras el tren avanzaba bajo un cielo estrellado, atravesando el desierto, abracé a Liliana, le di un dulce, lento y prolongado beso y pensé en hacer un disco: Vallenato en la Ruta de la Seda. Pero eso se lo dejaré al pintor, mi primo hermano, el Mono Quintero, para que lo presente en la canción inédita del próximo festival.
Quién quita. En esta ciudad, todo es posible. Hasta que un acordeón vallenato, una tabla astronómica del siglo XV y un álgebra de Baldor hablen el mismo idioma.
Por: Carlos Quintero Romero.
Enviado especial (desde Samarcanda, Uzbekistán)







