En medio del entredicho de las elecciones parlamentarias y la incertidumbre frente a las presidenciales; en medio de la mezquindad de “izquierdópatas” de toda laya y del insulto y la descalificación como estrategias progresistas para disfrazar promesas imposibles, el país enfrenta una disyuntiva: el camino sin retorno de la dictadura y la pérdida de la libertad, o el camino con futuro de la preservación de la democracia liberal.
El término “liberal”, en el ámbito de la filosofía política nos remite a “la libertad” como valor supremo y derecho fundamental, y así llegamos a una palabra mayor; no en vano decía Lincoln que “el hombre nunca ha encontrado una definición a la palabra libertad”, quizás porque, como la felicidad y la igualdad, la libertad total es una utopía.
Lo que no es utopía es la “libertad civil” de Rousseau, limitada por la ley en un Contrato Social al que adherimos libremente. La defensa de esa libertad, convertida en derecho, es el sustrato de la democracia liberal; su desconocimiento y vulneración son el soporte de la dictadura.




