Por Mary Daza Orozco
Son niños, no pasan de los catorce años, esos de los que se decía que eran el futuro del país o del mundo, orgullo de sus padres y de su entorno, y ya saben de armas, de cocaína, de bazuco, de marihuana y de alcohol. La noticia sobrecogió a un gran número de colombianos, no a todos, porque buena parte de compatriotas ya ni se altera por nada que pase en el país, la fuerza de la costumbre que merma la capacidad de asombro.
Los jovencitos, del tema, bailoteaban en una chiquiteca, en un barrio del sur de Bogotá, con tal escándalo que la policía desalojó el lugar y encontró en los bolsillos, donde antes había una billetera con los pesitos que regaló el papá o la mamá, algún papelito esperando el mejor momento para entregarlo a la noviecita, y más detalles que hoy sólo están en el recuerdo, un arsenal de elementos que dañan la vida y acaban con las promesas de un buen futuro.




