La muerte es un hecho para el que nunca estamos preparados, pero, aunque es un trance doloroso, es más dura la ausencia del que nos abandona, el vacío que deja un hombre bueno como William Socarrás que adornó su vida con un incansable trajinar.
Su herramienta fundamental era la imaginación que lo hizo abandonar los estudios de arquitectura porque sabía que ella era suficiente para afrontar los retos de la vida.
La mejor virtud de William era su generosidad que desplegaba como algo natural de su espíritu, sin afectaciones ni compromisos.




