En estos días de intenso verano y de múltiples incendios que destruyen miles de hectáreas, vemos los ríos desnudos en sus riberas y muchos pueblos padeciendo la escasez de agua. Entonces se despierta la conciencia ecologista y aparecen voces en defensa de los ríos.
Un río es muralla que frena el trote del desierto. El río existe por un ciclo perfecto de la naturaleza, y en su nacimiento intervienen: el rocío emergente de los glaciares, el remanso de los páramos, el reposo ondulante de lagunas, las afluencias de riachuelos y el retorno de la lluvia. Y la lluvia está ligada a la presencia de los bosques y al viento que eleva a las nubes el polen que condensa el agua evaporada por el sol.
Un pueblo sin río es un pueblo triste. La calidad del agua determina la calidad de vida en el ser humano. El agua es vivificante y milagrosa; es vitalidad, higiene, recreación y fiesta. El ser humano es un amante del agua: inicia su vida en el vientre-río de la madre, y después, cuando descubre las bondades del agua se regocija en la hidrolatría: ofrenda la lluvia, la corriente vegetal de los ríos y el escarceo azul de los mares.




