Diciembre tiene una extraña virtud: nos obliga a mirar atrás sin anestesia. No es un mes complaciente; es, más bien, un espejo severo. En lo personal, cada diciembre me conduce —casi sin permiso— a retrotraer lo que nos ocurrió como ciudad, a pasar revista a los hechos, a los silencios, a los errores. Y es ahí donde emerge una convicción que incomoda, pero libera: los errores no están hechos para ocultarse, sino para ser impulso. Nada progresa si se esconde lo que duele.
Valledupar no es una ciudad perfecta, y acaso nunca deba serlo. La perfección, en asuntos humanos, suele ser un artificio peligroso. Somos una ciudad atravesada por variables complejas: problemáticas persistentes, resultados que no siempre coinciden con las expectativas, promesas que se pueden disolver en la cotidianidad. Pero esas mismas fallas —cuando acontecen— son diagnóstico. Revelan, con crudeza, lo que está mal y, por lo mismo, lo que puede ser cambiado. El error, bien leído, es una forma de conocimiento.
Pensar en Valledupar 2026 exige, entonces, una actitud distinta: la ética del recomienzo. No como borrón y cuenta nueva —eso sería ingenuo—, sino como la apertura consciente de una página que se escribe desde la página uno, sabiendo que el libro tiene historia, márgenes subrayados y cicatrices visibles. Es como reiniciar sin olvido; buscando una mejor comprensión.





