COLUMNA

Una Valledupar para vivir, no solo para crecer 

En las últimas décadas, Valledupar ha experimentado un crecimiento significativo, pero ha sido un crecimiento que, en muchos sentidos, ha desbordado su capacidad para planificar.

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Estar en Valledupar es, en muchos aspectos, como vivir en una ciudad atrapada entre el pasado y un futuro incierto. Hace unos días, en compañía de mis padres y un amigo, pasamos tanto tiempo hablando en un restaurante que ya había cerrado hace 40 minutos que los empleados solo esperaban que saliéramos para apagar las luces.

Al montarnos al carro lancé una reflexión que se ha vuelto un lamento común en nuestra ciudad: “La falta que hace poder sentarse a hablar tranquilo en las puertas de su casa en el Valle”.

Pocos días después, asistí al Foro 30/30, organizado por EL PILÓN, un espacio donde el exalcalde Rodolfo Campo Soto recordaba cómo en los años 80 Valledupar era un “municipio pobre, pero un buen vividero”. Aquella imagen de un Valledupar sencillo, con una comunidad donde la gente podía reunirse sin temor, nos recuerda que la paz no siempre está en el crecimiento material o en los edificios, sino en un ordenamiento territorial que tenga como prioridad el bienestar y la seguridad de sus habitantes.

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