COLUMNA

Una parranda con buenos amigos

Parece que estoy afligido; desde luego programaré una fiesta —una gran parranda de sentimientos— con mis amigos de otros tiempos, e invitaré a esos que no olvidan para no dejarme atrapar de mis emociones tristes.

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Parece que estoy afligido; desde luego programaré una fiesta —una gran parranda de sentimientos— con mis amigos de otros tiempos, e invitaré a esos que no olvidan para no dejarme atrapar de mis emociones tristes.

Yo: parece que el mundo es del todo mío cuando los veo —dije al sentarme en medio de la Nada—. Hoy no veo a nadie a mi lado. Mis seres queridos se han ido diluyendo como un recuerdo mal contado. El aire perdió sus perfumes, la bulla de otros tiempos ya no me nombra, y hasta la naturaleza se esconde de mí. Me siento de duelo… por eso los he invitado. Ustedes no olvidan. Ustedes han sido mis amigos especiales por eso les digo: bienvenidos a mi fiesta para no perder la realidad de otros tiempos.

El Silencio: Nunca olvido —respondió sin mover los labios—. Yo permanezco cuando todos se van. No soy castigo ni ausencia: soy el espacio donde lo perdido puede descansar. Me temen porque me confunden con el vacío, pero soy el amo de la verdad.

La Soledad: No me mires con desilusión —intervino, sentándose muy cerca—. Yo no llego sola: me traen los años, las despedidas, las ilusiones del olvido. Soy la última compañera de todos cuando todo se ha perdido y cuando me escuchan sin miedo, sé cuidar.

El Murmullo: Yo vengo de lejos —dijo como si el viento hablara—. Soy lo que queda de las voces que amaste. No grito para no herirte. Te recuerdo que nada se va del todo, mientras exista la memoria.

El Susurro: Yo hablo al oído cuando ya no queda fuerza para alzar la voz —añadió con ternura—. Aún importas, incluso cuando nadie te nombra. En mí habitan las palabras que nunca dijiste y las que nadie supo decirte.

El Suspiro: Soy la brisa apacible —confesó—. No huyo ni me rebelo. Aparezco cuando no todo depende de ti. En mí se va el canto de los vientos, pero se alivia el corazón cansado.

La Meditación: Yo te enseño a quedarte —dijo con la calma de la sabiduría—. A no correr tras lo que ya fue ni a detener lo que vendrá. En la estadía final no hay que luchar: hay que vivir. Quien se sienta a la mesa consigo mismo, nunca está del todo solo.

El Sosiego: Yo soy la paz que llega tarde, pero llega —sonrió—. No me busques en la juventud ni en el ruido. Aparezco cuando el alma deja de exigirle explicaciones a la vida. Soy el premio de haber tolerado.

La Quietud: Yo detengo el instante —dijo sin moverse—. Cuando todo parece calmarse, yo evito que caigas. En mí el tiempo no apura, y por eso duele menos recordar. Soy la siesta del alma.

La Nada: No me temas —murmuró desde un fondo insondable—. Soy lo etéreo, el descanso absoluto. Antes de mí no hubo miedo, y después tampoco lo habrá. Me cargan de sombras, pero soy solo la negación del ser. En mí, todo se perdona. La angustia me huye. Soy hija de la inocencia.

La Luciérnaga: Yo no alumbro mucho —dijo titilando—, pero alumbro de verdad y en una buena fiesta no debe faltar la luz. Aparezco cuando la noche me necesita. No compito con el sol; me basta con demostrar que aún hay luz posible, incluso en lo pequeño.

El Cocuyo: Yo soy la memoria del campo y de la infancia —agregó—. Mi luz es antigua, paciente y simple, intermitente y sensible. Para mí una chispa basta para no perderme del todo. Mientras alguien recuerde, no habrá oscuridad completa.

Yo: Entonces… ¿la soledad final no es un castigo? Les pregunté, …

Todos responden casi al unísono:

La Soledad: es una revelación.

El Silencio: es un regreso.

La Nada: es un descanso.

La Luciérnaga: es la noche con sentido.

El Cocuyo: es una luz que no se apaga, solo cambia de forma.

Me quedé allí, rodeado de ellos, comprendiendo que no estaba afligido por la vida, sino aprendiendo a despedirme sin miedo. Y en esa fiesta callada, por primera vez, no me sentí solo.

Y cuando todos hubieron hablado, cuando cada voz se recogió en su propio eco, noté algo esencial: la Ausencia también había sido invitada. Su silla estaba allí, intacta, como esperando un cuerpo que no llegó. Nadie la nombró en voz alta, pero todos entendimos su falta.

—Como la Ausencia fue invitada, y no vino —dije al fin, con una serenidad que no sabía que tenía—, … ¡que inicie la parranda!, …

El Silencio inclinó la cabeza. La Soledad sonrió con una tristeza antigua. La Luciérnaga apagó y encendió su luz una vez, como dando permiso.

Entonces pedí que tocaran aquel paseo vallenato que, en su honor, compuso Santander Durán Escalona. No lo pedí con solemnidad, sino como quien pide una copa de vino para escanciar con necesidad sencilla. El acordeón comenzó despacio, sin apuro, como si también estuviera recordando. El aire volvió a tener perfume, no de fiesta ruidosa, sino de patio viejo, de noche tibia, de recuerdos que no duelen tanto.

La música inició la fiesta programada en honor de la Soledad, esa mujer silenciosa y fiel, la más triste que habría de visitarnos en cualquier momento, pero también la más constante. Nadie brindó, nadie habló de más. Cada uno escuchó a su manera. Y así, sin discursos ni promesas, comprendí que la soledad no venía a quedarse conmigo: venía a enseñarme a estar.

Por: Fausto Cotes N.

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