La vida me dejó una lección: crecer en un entorno donde todo era medido. Tuve una infancia feliz, aunque sin grandes cosas, porque la situación económica de mi madre no nos permitía lujos. Aunque vivíamos en casa propia, el agua para la ducha se almacenaba en tanques, ya que los cinco miembros de la familia compartíamos un mismo baño. Así, quien se levantaba primero se bañaba con mayor abundancia, mientras que al último le correspondía racionar lo que quedaba; por lo general, debía esperar a que el tanque se llenara para que le alcanzara. De ese modo aprendí a compartir, un hábito que hoy forma parte de mis convicciones más profundas.
Esta rutina tan particular de la infancia también me sirvió para salir de la burbuja, ese estado de indiferencia que puede envolvernos y alejarnos de la realidad sin que lo notemos. Suele ocurrirle a quienes crecen con ciertas comodidades y sin mayores angustias económicas, lo cual no tiene nada de malo. El problema es que crecen desconociendo las realidades que viven la gran mayoría de los colombianos. Por consiguiente, no fortalecen su sensibilidad social, ni su empatía, ni su sentido de solidaridad y generosidad. Entonces, ¿cómo nos damos cuenta si estamos dentro de esa burbuja?
Tuve la fortuna de comprenderlo desde muy temprano. Años después, lo confirmé al experimentar, como emprendedor, lo que implica trabajar intensamente y recibir poco. Sin embargo, otros han necesitado evidencias más contundentes. El Estallido social, por ejemplo, se encargó de romper la burbuja en la que vivían muchos empresarios. Y aunque eso impulsó en algunos una actitud más generosa frente a la sociedad, no podemos seguir creyendo que lo estamos haciendo todo bien.
Uno de los mayores errores que cometen los gerentes es que, en su afán por hacer rentables las compañías, intentan exprimir la mano de obra, cuando en realidad deberían valorarla como la fuente del éxito. Hay varios casos donde inculcar esa cultura y ética para los trabajadores, resulta en empresas más rentables; sobre todo, con aprendizajes para sus gerentes y empleados.
Manuel Carvajal Valencia sostenía que no puede haber empresas sanas en sociedades enfermas. Yo añadiría que quienes hemos trabajado con disciplina para alcanzar bienestar tenemos también la responsabilidad moral de ser generosos con los menos favorecidos y más responsables con nuestro entorno.
Por esa razón, quienes gozan de privilegios deben hacer un esfuerzo consciente por reconocer que, más allá de su burbuja, existe otra Colombia atravesada por profundas angustias sociales; que el país es mucho más amplio y sus necesidades, inmensas; que, en medio de una desigualdad tan marcada, la opulencia puede percibirse como una ofensa; que el respeto no se fundamenta en lo que se posee, sino en el trato que se brinda; que resulta más valioso inspirar grandeza que riqueza; y que, en última instancia, no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita.
