Según un estudio especializado en tendencias de mercado, en el año 2012, arrojó que la industria del bienestar llegaría a facturar un trillón de dólares en la siguiente década y parece que esa realidad ya llegó, y por bienestar no solo es la alimentación sana, los gimnasios, los centros de estética sino que se nos vino encima una tendencia que rompió todos los esquemas y es que en nombre de la belleza se le empezó a vender a la humanidad que envejecer es un pecado y es sinónimo de enfermedad social que hay que evitar a toda costa.
La irrupción de las redes sociales y las multimillonarias inversiones de las marcas mundiales del mercado del espectáculo y la farándula, instauraron la belleza física como un producto a la venta, concepto que ganó la carrera a todo lo que habíamos conocido hasta hoy pues pasamos de las tradicionales cirugías estéticas para corregir deformidades congénitas o causadas por accidentes a procedimientos invasivos que en muchos casos dejan secuelas irreversibles o algunos quedan peor a como estaban antes de someterse a esas costosas y a veces dolorosas intervenciones.
De todo hay como en la botica de la abuela, cirugías para agrandar, para encoger, para injertar, para blanquear y hasta para levantar lo que ya se cayó por el paso del tiempo y producto de la gravedad, y no es para menos, el exceso de filtros y de maquillaje digital a los que se someten los ídolos de la pantalla y los llamados influencers, van subiendo los estándares de belleza que han hecho que personas con un verdadero desequilibrio psicológico hayan invertido millones para parecerse a la Barbie, al muñeco Kent, al actor de Superman o a su ídolo favorito; y no sorprende ver hoy a jóvenes menores de 25 años preocupados porque no les vaya a salir su primera línea de expresión.




