Hace algunas semanas regresé de uno de los viajes más maravillosos de mi vida. Regresé inspirado por la posibilidad de un futuro diferente, donde la abundancia no sea una maldición, ni una ilusión que esconda la escasez.
Conocí un país casi que de otro mundo. Un país que de la nada – sin recursos naturales, sin agua, casi sin territorio y con una población casi toda analfabeta – hizo brotar la riqueza, convirtiéndose en una nación mágica e indescriptible. Claro, regresé inspirado con varias lecciones y explicaciones que me ayudan a entender cómo en este valle, con un paisaje verde exuberante que se extiende hasta donde alcanza la vista, con montañas majestuosas y ríos cristalinos bordeando campos fértiles, la gente experimenta tanta pobreza.
Visité Singapur. Es una isla muy pequeña en el sudeste asiático. Cuando digo pequeña, no exagero: no es más que un séptimo del área del municipio de Valledupar. Hace más de 60 años era un lugar sumido en la más profunda miseria. Los visitantes de ese tiempo no verían más que casas mal construidas, abarrotadas, en calles estrechas y polvorientas, mezclándose con el hedor del agua sucia y las basuras acumuladas en las esquinas. Verían caras de desamparo con la piel curtida por el sol, verían hambre y mucha sed. La noche sería finalmente un alivio para este turista abrumado con la pobreza, porque no había luz, la ciudad se apagaba con la penumbra.




