Por Eduardo Santos Ortega Vergara
En los años 40, 50 y 60, Valledupar era un villorrio, con sus casitas de bahareque, hojas da cal y canto y sus tejas coloradas, para entonces era normal ver caminar y retozar en algunos sitios especiales a decenas de personas que venían a ofrecer su mano de obra para la recolección de café y de algodón.
Los dueños de finca pasaban por lo que hoy es ‘La Galería’, o por la zona del parque ‘El Viajero’ y sin más ni más, sin contratos ni afiliación a ARL ni EPS ni nada de eso, llenaban el carro de estos hombres y mujeres para que les dieran una manito con el trabajo que requería de gente honesta y trabajadora.




