COLUMNA

Un festival sin fronteras

Casi todo desemboca en un reducido puñado de beneficiarios, un grupo donde de primeros está Avianca

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En el mágico Festival de la Leyenda Vallenata, Valledupar se despliega ante los ojos del mundo como un sueño que desborda la vida, demostrando, en esencia pura, de lo que es capaz. Eso es lo que más me enamora de estos días, ese recordatorio anual, de que somos un talento infinito.

Este evento – el Festival Vallenato, digo – es una amalgama de melodías y versos, historias y legados, acordeones y tambores que transforma la realidad en una dimensión mágica. El festival vallenato atrapa a propios y visitantes en un embrujo ineludible, donde las notas musicales se mezclan con el color de las trinitarias, nuestra historia, el trinar de los pájaros y el pacto de sol y lluvia.

Sin embargo, yo nací con la ‘maldición’ de siempre querer mejor las cosas. A pesar de las maravillas que este encuentro ofrece, no podemos tapar los lunares (aunque pequeños, pueden ser letales). Sin duda, uno de los más protuberante es que la distribución de los beneficios económicos sigue siendo un enigma por resolver, una caja de pandora que oculta las contradicciones entre el esplendor y la escasez.

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