Las guerras traen consigo destrucción, ruina y atraso, y si no preguntémosle a los EE.UU., lo que le ha dejado su intervención directa o indirecta en los conflictos de los últimos 35 años, entre los cuales podemos recordar la Guerra del Golfo (1990), Guerra de los Balcanes (1995), Afganistán (2000), Iraq (2003), Ucrania (2022) y el conflicto Israel-Palestina (2023).
Hoy, la economía de los EE.UU. ostenta la deuda más grande del mundo, el dólar en estos momentos atraviesa por una depreciación, el aumento en las tasas de interés, en los EE.UU. alejan a los inversionistas que buscan altos rendimientos, y ahora se cierne la amenaza del BRICS, que, si bien es cierto, está muy lejos de destronar el dólar como la moneda más confiable del planeta, no deja de ser una intromisión del gigante asiático, en lo que los estadounidenses consideran sus predios, esto es, América Latina y Centroamérica.
Todo lo anterior producto de los numerosos conflictos bélicos en los que EE. UU. ha intervenido, desgastándose, a nuestra manera de ver, inútilmente, mientras China se dedica a conquistar nuevos mercados, en fortalecer el Yen, su moneda nacional, y en avanzar en temas tales como la tecnología, la innovación e inteligencia artificial, al punto de convertirse hoy por hoy en potencia, y competir de tú a tú, con los norteamericanos, lo que hace treinta años era impensable (¡!).




