Por Marlon Javier Domínguez
El calor era insoportable. Los rayos de un sol agonizante tiñeron de colores las nubes en el cielo; la brisa, ausentemente manifiesta, no soplaba en aquella ocasión; la sabana estaba quieta y las erosionadas y rojizas colinas completaban aquél extraño panorama.
Un cortejo fúnebre avanzaba lentamente y todos expresaban su dolor con gruesas lágrimas que caían de sus ojos. Un lamento rompíael silencio y un grito desgarrador hacía que se estremecieran de estupor los cuerpos de los presentes: “¡Mi hijo, mi único hijo!”, vociferaba una viuda, mientras se aferraba al cuerpo ya sin vida de un joven a quien llevaban a su última morada.




